educación emocional

La educación sentimental

La posibilidad pedagógica de aprender de los sentimientos, de gobernarlos y de enseñar la verdad sobre ellos

No me refiero a la renombrada obra de Flaubert.  Momentáneamente rescato su título para llamar la atención sobre la importancia que tiene la educación de los sentimientos, al menos la que ha tenido desde mediados del siglo XIX, época en que la mencionada novela fue publicada.  Y es que los sentimientos y las emociones son lo más espontáneo y natural que hay en el ser humano.  De hecho, según la teoría evolutiva, las respuestas emocionales están localizadas en la parte conocida como “cerebro reptiliano”, la base del cerebro donde termina el tronco encefálico, la parte más primitiva del cerebro y donde se concentran mayoritariamente las reacciones instintivas y emocionales, que han sido fundamentales para la supervivencia y adaptación de las especies a lo largo de la evolución (Fuster, 2016).  Entonces, si esto es así, ¿Por qué la educación de los sentimientos ha sido eclipsada por la educación del conocimiento y la razón?  Este artículo invita a reflexionar sobre la posibilidad pedagógica de aprender de los sentimientos, de gobernarlos y de enseñar la verdad sobre ellos.

No obstante, primero -como suele ser mi costumbre- quisiera abordar tres cuestiones y malentendidos que no los puedo evitar.  Es frecuente encontrarnos con la expresión: “soy una persona de buenos sentimientos”.  Y lo primero que hacemos es asociarla con alguien generoso, caritativo y bondadoso. Pero también, esa expresión ha servido para cubrir el comportamiento hipócrita y de doble moral.  A tal extremo, de justificar la violencia, los malos tratos o la deshonestidad de una persona porque, a pesar de eso, “tiene buenos sentimientos”.  Esto es nefasto, porque con el subterfugio de “los buenos sentimientos” se ha renunciado a buscar y encontrar la bondad en el alma humana.

Lo segundo, si los sentimientos forman parte de lo más primitivo, de lo más instintivo del ser humano, ¿es posible educarlos? ¿los podemos juzgar? ¿cómo hacerlo, si escapan del control racional?  ¿es correcto pensar que haya algo verdadero en los sentimientos?  Estas preguntas complejas nos adentran por un terreno resbaladizo en el que no hay verdades absolutas.  Parafraseando el adagio popular “el camino que lleva al infierno está plagado de buenas intenciones”, muy bien cabría decir que, también lo está de “buenos sentimientos”.

Y lo tercero, educar los sentimientos no debe confundirse con sentimentalismo. Hacer de los sentimientos una parodia carece de sentido.  Porque, al igual que las virtudes, tener buenos sentimientos no es suficiente, la verdadera importancia radica en actuar de acuerdo con ellos.  En el fondo de la cuestión, es esencial reconocer que el actuar primero está impulsado por el sentimiento, no por la razón ni la norma.   Veámoslo desde una perspectiva biológica elemental, la búsqueda del placer y el evitar el dolor son los móviles del comportamiento animal y humano.  Por tanto, llevamos grabado en ese “cerebro reptiliano”: es bueno lo placentero y malo lo doloroso.  ¿Así de simple? No, no es tan simple.

La distinción entre lo bueno y lo malo involucra un proceso de razonamiento, de cálculo, de consideración y suposición sobre cuáles placeres y cuáles dolores son más convenientes que otros, no sólo útil para mí, sino también para los demás y, si me apuran, para la humanidad.  Sin ese cálculo, sin esa consideración, sin esa suposición, a la que llamamos razonar, el ser humano no se distinguiría del animal. Pues bien, ese acto de razonamiento que existe entre el estímulo exterior y mi respuesta, ese momento de deliberación que precede a la decisión, es lo que forma y domestica al sentimiento.

Ilustraré estos puntos con unos ejemplos.  No es raro ver a niños que se complacen en maltratar a los animales pequeños.  No es infrecuente que hayamos conocido a niños -pudieron ser algunos de los nuestros- que les gustaba golpear a otros niños que les resultaban antipáticos -y por lo general más pequeños y dominables-.  Ese comportamiento podría considerarse “natural”, porque el niño se deja llevar por lo que siente y, si siente enfado hacia alguien lo manifiesta con total “naturalidad”, expresa sus sentimientos sin filtro.  Veamos otros ejemplos menos crueles.  Seguramente han visto -o nosotros hemos sido aquellos- esos niños que les encanta destruir sus juguetes o dar patadas y soltar un berrinche porque algo no le ha salido como quería.  Esos comportamientos son comportamientos interesados, puramente egoístas, totalmente al margen del sentimiento del otro.  Es como si el niño dijera: “no te quiero, tú no me importas y por eso te ignoro o te pego”.  Esos sentimientos se dan en el niño en un estado muy puro, no hay hipocresía, es sinceridad brutal.  Quizá ahora entendemos un poco más el porqué de la crueldad de algunos niños.  El adulto civilizado, en cambio, ha aprendido a disimularlos.  No es que ya no sienta ganas de lanzar un golpe, no es que ya no sienta odio, no es que ya no sienta preferencias o fobias.  Ha aprendido a no manifestarlos de buenas a primeras: ¡Ha “domesticado” el sentimiento!

Domesticar el sentimiento no es destruir la naturalidad.  Es, por el contrario, gestionarlos y educarlos.  Es haber aprendido que la ira, el odio, la tristeza o la desesperación no siempre son los “afectos adecuados” (Vásquez et al., 2021).    Aparte de las emociones básicas, alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa y asco, existen muchos sentimientos y emociones más complejas que difícilmente emergen al exterior sin la educación (Ekman, 2017).  La solidaridad, por ejemplo, no surge por arte magia, sino que requiere un aprendizaje y un entrenamiento.  Lo que acabo de decir, en parte puede explicar el auge de los grupos violentos que últimamente nos flagelan.  ¿Cómo es posible que ellos tengan unos sentimientos tan aberrantes y desalmados?  ¿La TV? ¿el internet? ¿la play station?  Yo creo que no.  Eso es síntoma de algo más profundo: es la falta de educación sentimental, es la carencia de formación emocional, es ceder y dejarse llevar por esas emociones básicas que generan odio, rechazo y placer. 

Por eso estoy convencido de la necesidad imperiosa de una educación de las emociones, una educación sentimental que, por medio de la razón, el conocimiento y la fe guiemos a los niños y jóvenes hacia el conocimiento del otro como persona.  Quizá me equivoque, quizá Thomas Hobbes tuvo razón al escribir que “el hombre es un lobo para el hombre”.  Aunque el camino sea desafiante, soy optimista, me parece que es por ahí donde debemos caminar, educando las emociones y haciendo que surjan los sentimientos como el respeto, la solidaridad, la compasión y la amistad, al puro estilo de los Franciscos, el de Argentina y el de Asís.

Obras citadas:

Ekman, P. (2017). El Rostro de las Emociones: Qué nos revelan las expresiones faciales. RBA Libros. 

Flaubert, G. (1983). La Educación sentimental. Alianza. 

Fuster, J. M. (2016). Cerebro y Libertad: Los Cimientos Cerebrales de Nuestra capacidad para elegir. Ariel. 

Hobbes, T. (1997). Leviatán. Editorial del Valle de México. 

Vázquez, P., Gallardo, J., y Gallardo, A. (2021). Fundamentos Teóricos de la Educación emocional: Claves para la Transformación Educativa. Octaedro. 

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Ricardo Orellana Torres

Doctor en Educación por la Universidad Católica Andrés Bello (Venezuela), Magister en Ciencias de la Familia por la Universidad Santiago de Compostela (España), Licenciado en Pedagogía, mención en Estudios Religiosos, por Saint Mary’s University of Minnesota (USA). Educador, apasionado por la reflexión, los procesos de cambio e innovación en el campo educativo. Líder y administrador de centros educativos en Ecuador. Ejerce la docencia universitaria y es un comprometido en la transformación y dignificación de la sociedad por medio de la educación.

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