Argentina: Avanza la acreditación nacional de institutos de formación docente

La implementación del dispositivo SiFIECA en Argentina marca un hito inédito en el control y acompañamiento de los profesorados. Más allá del ordenamiento sistémico, el nuevo esquema de evaluación impone a los equipos directivos el desafío de transformar los datos en planes de mejora continua para garantizar la validez nacional de sus títulos y profesionalizar la formación inicial.

La reciente confirmación por parte de la Secretaría de Educación del Ministerio de Capital Humano sobre el avance en la evaluación y acreditación de los Institutos Superiores de Formación Docente (ISFD) representa una de las políticas públicas más ambiciosas de la última década en el sistema educativo argentino. Por primera vez en la historia, y a partir de un acuerdo unánime rubricado en el Consejo Federal de Educación (mediante la Resolución CFE N° 477/2024), el país cuenta con un mecanismo federal estructurado para verificar, sostener y potenciar las condiciones institucionales y la calidad de la enseñanza en el sistema formador.

Históricamente, la formación docente inicial en el país ha gozado de una enorme capilaridad territorial, permitiendo el acceso a la educación superior a miles de jóvenes en localidades alejadas de los grandes centros urbanos. Sin embargo, esta necesaria masificación no siempre estuvo acompañada de auditorías de calidad estandarizadas o acompañamiento técnico, lo que derivó progresivamente en una alta fragmentación de los perfiles, saberes y capacidades de los egresados a nivel nacional.

Actualmente, el despliegue del Sistema Federal Integrado de Evaluación, Certificación y Acreditación (SiFIECA) ya se encuentra en marcha activa en 131 institutos distribuidos en doce jurisdicciones (entre ellas Chaco, Córdoba, Mendoza y Tucumán), involucrando a más de 10.000 docentes y 70.000 estudiantes. El objetivo gubernamental es escalar rápidamente el dispositivo para alcanzar a 300 instituciones durante este año y lograr que, para el 2030, la totalidad de los más de 1.300 institutos que componen el complejo mapa federal hayan completado, al menos, un ciclo evaluativo integral.

Para los líderes, rectores y gestores educativos, esta noticia trasciende la mera coyuntura administrativa. Supone, en esencia, un cambio de paradigma ineludible en la gobernanza institucional de la educación superior no universitaria: es la transición definitiva desde un modelo de expansión y sostenimiento sin métricas unificadas, hacia una cultura organizacional centrada en la toma de decisiones basada en evidencias.

El dispositivo SiFIECA: de la autoevaluación al desarrollo institucional

El esquema de evaluación propuesto y coordinado por el Instituto Nacional de Formación Docente (INFoD) toma clara inspiración de los procesos que la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU) aplica en el ámbito del sistema universitario nacional, pero con adaptaciones específicas a la naturaleza y objetivos de los profesorados. Este proceso no examina el currículo de una carrera de forma aislada, sino que audita el funcionamiento general e integral de cada instituto de formación en su conjunto.

Para los equipos directivos de los ISFD, el ciclo plantea dos grandes momentos que exigen un liderazgo firme, comunicativo y eminentemente estratégico. El primero es la instancia de autoevaluación institucional. Lejos de ser un mero formulario burocrático de cumplimiento, esta fase obliga a las conducciones a movilizar a todos los actores institucionales —docentes, estudiantes, personal de apoyo y exalumnos— para construir un diagnóstico sincero y exhaustivo sobre dimensiones claves: la gestión institucional, los procesos de enseñanza, el acompañamiento a las trayectorias estudiantiles y la vinculación real con la comunidad y las escuelas asociadas.

El segundo momento fundamental es la evaluación externa, llevada a cabo por pares evaluadores calificados. En esta etapa, la gestión directiva debe demostrar altos niveles de transparencia y apertura institucional, entendiendo desde el liderazgo que la mirada externa no persigue un fin punitivo o sancionatorio en primera instancia, sino netamente formativo. A partir de los dictámenes técnicos resultantes, las instituciones podrán obtener una acreditación plena por seis años (si demuestran cumplir con los estándares mínimos de calidad fijados a nivel federal), o una acreditación parcial por tres años. En este último escenario, el instituto recibirá señalamientos precisos sobre las falencias detectadas y un mandato claro de mejora. Aunque no perderán de manera inmediata la posibilidad de matricular nuevos alumnos, estarán bajo la exigencia estricta de subsanar los déficits en el plazo acordado para no arriesgar la validez nacional de los títulos que emiten, un capital simbólico y legal vital para cualquier institución de educación superior.

Desafíos para el liderazgo directivo frente a las asimetrías del sistema

La implementación federal del SiFIECA aterriza sobre un terreno que se caracteriza por una profunda y preocupante heterogeneidad. El sistema formador argentino ha crecido de manera desigual, haciendo convivir a instituciones centenarias, con infraestructura robusta y equipos de investigación consolidados (las históricas «Escuelas Normales»), con profesorados creados recientemente con recursos mucho más limitados, que a menudo carecen de edificios propios y comparten instalaciones con escuelas secundarias en horarios vespertinos, limitando sus posibilidades de extensión e investigación.

Frente a esta compleja realidad, el mayor desafío tanto para las direcciones de nivel superior provinciales como para los rectores de los ISFD, será evitar que la evaluación profundice o estigmatice las brechas ya existentes. Los líderes de las instituciones con menores recursos técnicos deberán desarrollar con premura nuevas capacidades de planeamiento estratégico para atravesar el proceso con éxito. La evaluación no puede ni debe convertirse en una carga administrativa asfixiante que desvíe el foco de los equipos de gestión de lo pedagógico hacia el papeleo formal; por el contrario, los diagnósticos rigurosos arrojados por el sistema deben transformarse en herramientas e insumos políticos para demandar a los estados provinciales una mejor y más justa asignación de los recursos, infraestructura e inversión pública.

En este sentido macro, la acreditación actuará innegablemente como un potente catalizador para la profesionalización institucional. Aquellos gestores que logren instalar una cultura de autoevaluación analítica permanente en sus comunidades educativas estarán en posiciones mucho más sólidas para anticipar crisis académicas, retener la matrícula estudiantil, disminuir la deserción en los primeros años y garantizar perfiles de egresados con trayectorias formativas modernas y solventes.

El ordenamiento y planeamiento estratégico de la oferta académica

En paralelo al proceso formal de evaluación de las instituciones, la Secretaría de Educación y las provincias han iniciado un proceso de reordenamiento de la oferta de carreras docentes. Este aspecto resulta absolutamente vital para la sostenibilidad de la política pública y la gestión del talento educativo a nivel macro. Durante décadas, diversas jurisdicciones han continuado habilitando y formando perfiles docentes que ya saturaban sus mercados laborales locales, mientras al mismo tiempo enfrentaban escasez crítica y vacantes crónicas en áreas prioritarias para el desarrollo, como ciencias exactas, enseñanza de idiomas extranjeros o educación técnico-profesional.

El objetivo de la actual administración es organizar esta oferta formativa basándose estrictamente en datos concretos, proyecciones demográficas y diagnósticos del mercado laboral educativo. Para un rector o director de un instituto de formación, esto significa un cambio de reglas de juego: el diseño, sostenimiento o apertura de su oferta académica ya no podrá apoyarse de manera exclusiva en la inercia de la tradición institucional o en la mera disponibilidad de cargos en su planta docente histórica, sino que deberá responder inexorablemente a las necesidades reales del sistema escolar de su región. Este reordenamiento ha sido establecido, además, como una condición ineludible para sostener la validez nacional de las titulaciones, elevando fuertemente el umbral de responsabilidad institucional frente a la sociedad.

Este alineamiento entre formación y demanda exige una gimnasia interinstitucional inédita. Los equipos directivos de los institutos superiores deberán articular de manera mucho más estrecha y programada con las escuelas de educación inicial, primaria y secundaria de sus zonas de influencia, conformando verdaderos ecosistemas educativos locales donde las prácticas docentes de los estudiantes residentes sirvan tanto para el aprendizaje en terreno del futuro profesional, como para nutrir de innovación pedagógica a las escuelas co-formadoras. La acreditación institucional, en sus instrumentos de evaluación, ponderará indefectiblemente esta capacidad de vinculación y permeabilidad territorial.

Perspectivas hacia una formación docente de excelencia

En la literatura sobre políticas públicas educativas existe un consenso irrefutable: la calidad general de un sistema educativo tiene su techo indiscutible en la calidad y el profesionalismo de sus docentes. Por tanto, asegurar condiciones de excelencia organizativa y académica en las instituciones responsables de formar a esos educadores constituye el paso fundacional para cualquier intento serio de mejora sistémica en los niveles de educación obligatoria.

El avance sostenido de la evaluación y acreditación de los institutos de formación docente no debe ser leído por la comunidad académica como un punto de llegada ni como un cierre burocrático, sino como la construcción ineludible de una nueva línea de base para la gestión educativa en el país. El éxito final de esta política nacional dependerá en gran medida de que los estados (nacional y provinciales) utilicen los resultados obtenidos de manera formativa para fortalecer financieramente a los institutos, acompañar técnica y pedagógicamente a sus equipos directivos, evitando que la información se transforme en un instrumento meramente punitivo de recorte o clausura. El desafío estratégico está planteado con claridad: convertir el rigor técnico de la evaluación institucional en un genuino motor de equidad, mejora, innovación y excelencia educativa en cada rincón del entramado nacional.

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