El agotamiento del líder
En el contexto escolar actual, es fácil que el directivo quede atrapado bajo la gestión del día a día, tomando un papel de bombero, apagando fuegos continuamente. Esta forma de dirigir, centrada en el aspecto reactivo, nos aleja de la importancia de mirar a largo plazo: cuidar cada día las acciones más pequeñas que nos ayudan a mejorar en calidad educativa, siempre con la persona en el centro. Puede parecer que lo que hacemos carece de importancia y olvidamos la trascendencia de nuestras acciones diarias, pues influyen en el estilo de liderazgo. Como líderes, debemos tener presente que nuestras acciones hablan por nosotros: la palabra convence, el ejemplo arrastra.
El liderazgo de la sonrisa
Como nadie da lo que no tiene, para liderar bien, es necesario liderar desde quiénes somos. Aquí cobra especial relevancia nuestra personalidad: humildad, servicio, entrega, prudencia, paz interior. Porque de nuestro carácter nace la guía de nuestro estilo directivo y debemos aprender a liderar desde la tranquilidad, la humildad y el deseo de sumar. En este sentido contamos con una herramienta sencilla y poderosa: la sonrisa. El liderazgo de la sonrisa es una actitud que tiene un poder enorme para influir positivamente en el clima de nuestra organización.
Este liderazgo es especialmente importante en momentos de tensión y debe ayudarnos a liderar desde la calma, sin ignorar la gravedad de los problemas, sino cambiando la perspectiva a la hora de afrontarlos, buscando una mirada humanista y serena. Esta visión nos debe llevar a cinco líneas de actuación:
- Liderar desde la tranquilidad y la humildad, sabiendo transmitir paz y tranquilidad en los momentos de crisis.
- Priorizar el servicio sobre la gestión, fomentando el cuidado humano de cada uno.
- Practicar la escucha activa para evitar que la urgencia nos lleve a tomar medidas desafortunadas.
- Vivir la coherencia, sabiendo que nuestra actitud ante la crisis influirá enormemente sobre nuestro equipo.
- Mostrarnos cercanos y ser un desahogo para nuestro equipo, sabiendo que las puertas de nuestro despacho siempre están abiertas.
Menos gestión y más servicio
Si queremos crear una cultura positiva, debemos dar el paso que nos lleve a dejar de ser un mero gestor y centrarnos en ser un verdadero líder. Porque el liderazgo auténtico tiene un hilo conductor común: el servicio a los demás. Y esto nos debe llevar a cuidar, también humanamente, a cada uno de los miembros de nuestra comunidad. No de palabra ni porque tengamos recetas para todos, sino porque seamos capaces de demostrar a profesores, alumnos y familias que nos importan de verdad, por quiénes con, no por cómo son. Esto nos debe llevar a preocuparnos sinceramente por ellos, tratándolos siempre con cariño, respeto y confianza.
Hacer crecer
Para toda persona que ejerce de directivo de un centro escolar, debe resonar dentro de sí una idea esencial: el éxito y el futuro de nuestro centro educativo pivota, en gran medida, sobre nuestra capacidad de delegar y empoderar a nuestro profesorado. Para lograr esto, hay dos ideas importantes:
- Necesidad de fomentar la participación del profesorado en la organización de áreas estratégicas mediante grupos de trabajo, encuestas y reuniones periódicas.
- Importancia de reservar espacios dinámicos específicos para el trabajo en equipo, ya sea por departamentos, asignaturas o niveles, permitiendo que el talento fluya de manera colaborativa.
Tiempo de calidad
Como es sencillo perderse en ideales abstractos, debemos centrar nuestro liderazgo desde un enfoque humanista, dirigido hacia lo relacional. Esto implica mimar el tiempo que pasamos con los demás (profesores, alumnos, personal de administración y servicios y familias), fomentando, de este modo, el roce natural con todos. Para ello, debemos cuidar tres aspectos importantes:
- Escuchar y observar: nuestro papel no es el de dar soluciones, sino el de hacer preguntas poderosas que ayuden a alcanzar el desarrollo buscado.
- Conversaciones informales: aprovechando cada momento para tener encuentros informales con todos, sin descuidar, lógicamente, los despachos y las conversaciones formales.
- Cercanía personal: cuidando aspectos pequeños y cotidianos, como preguntar por preocupaciones personales, recordar fechas señaladas como los cumpleaños y cuidando todos aquellos detalles que nos ayuden a humanizar nuestra gestión.
El legado
Para pasar de bombero a constructor, es necesario un compromiso coherente donde nuestras acciones resuenen por encima de nuestras palabras. Y la primera acción visible de un líder debe ser el servicio constante y desinteresado a los demás, convirtiéndose así en un referente que inspire confianza. No olvidemos que cuando dejemos de ejercer como líderes, nuestro legado continuará y debemos preguntarnos qué legado queremos dejar. Y el mejor legado que podemos dejar es el de un verdadero líder humanista, que sabe poner a cada persona en el centro de su liderazgo y se enfoca en el servicio y en dotar a cada uno de las herramientas necesarias para sacar el máximo potencial de todos. Un legado en el que con su liderazgo de la sonrisa sabe crear un ambiente óptimo en el que todos trabajen tranquilos y felices, dando lo mejor de sí. Un liderazgo, en definitiva, que sabe priorizar el bienestar de las personas por encima de su interés personal, sabiendo que escuchar y observar son las llaves para el progreso real del colegio.
