¿Qué están intentando apagar nuestros adolescentes?

Salud mental adolescente: el dolor detrás del consumo y el rol de las escuelas como factores protectores

Por años hablamos de rendimiento académico, resultados, innovación pedagógica y habilidades para el siglo XXI. Sin embargo, hay una pregunta mucho más urgente que hoy golpea las puertas de nuestros colegios: ¿qué están intentando apagar nuestros adolescentes cuando recurren al alcohol, al vapeo, a las drogas o incluso a las autolesiones?

La respuesta rara vez está en la sustancia. Tampoco en la conducta, generalmente está en el dolor.

La salud mental dejó de ser un tema exclusivo de psicólogos y psiquiatras. Hoy constituye uno de los mayores desafíos para el sistema educativo. La ansiedad, la depresión, las crisis de angustia, los trastornos alimentarios y las autolesiones ya no son situaciones excepcionales. Son parte de una realidad que atraviesa las salas de clases y que exige una respuesta mucho más profunda que protocolos o campañas preventivas.

La adolescencia siempre ha sido una etapa compleja, pero algo cambió durante la última década. Crecieron las exigencias, aumentó la exposición a las redes sociales, se debilitó el tiempo de calidad en familia y la pandemia dejó huellas que todavía seguimos intentando comprender. Hoy muchos adolescentes viven conectados todo el día, pero profundamente desconectados de sí mismos y de quienes los rodean.

La gran pregunta es si estamos frente a una generación más frágil o simplemente a una generación que aprendió a expresar aquello que las anteriores debían callar. Probablemente exista algo de ambas.

Lo preocupante es que muchas veces seguimos interpretando las señales como «cosas de la edad». El aislamiento, los cambios bruscos de ánimo, la irritabilidad constante, la pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban, las alteraciones del sueño, el descenso en el rendimiento escolar o el ausentismo reiterado suelen normalizarse hasta que el problema ya se encuentra instalado.

En este escenario, el colegio ocupa una posición privilegiada. Después de la familia, es el espacio donde los niños y adolescentes pasan más tiempo y donde muchas veces aparecen las primeras señales de alerta. Un profesor que observa un cambio de conducta, un inspector que detecta un aislamiento progresivo o un compañero que advierte una autolesión pueden convertirse en el primer eslabón de una cadena de ayuda.

Pero también es importante comprender los límites.

El colegio no reemplaza a la familia ni a un tratamiento clínico. No está llamada a resolver los problemas de salud mental, pero sí puede convertirse en un poderoso factor protector cuando logra construir comunidades donde cada estudiante se siente seguro, escuchado y acompañado.

Los establecimientos educacionales que mejor enfrentan esta realidad no son necesariamente los que cuentan con más recursos. Son aquellos que han logrado instalar una cultura del cuidado. Donde el bienestar socioemocional forma parte del proyecto educativo, donde los docentes reciben herramientas para detectar señales tempranas, donde existe coordinación con las familias y donde pedir ayuda nunca es motivo de estigmatización.

Otro desafío que hoy preocupa es el vínculo entre salud mental y consumo de sustancias.

Con frecuencia el alcohol, la marihuana o el vapeo aparecen como intentos de regular emociones que el adolescente no sabe cómo manejar. Más que una búsqueda de diversión, muchas veces representan una estrategia para disminuir la ansiedad, silenciar pensamientos dolorosos o escapar, aunque sea por un momento, del sufrimiento.

Por eso resulta tan difícil responder qué aparece primero: el consumo o la enfermedad mental.

En muchos casos ambos fenómenos se retroalimentan. La ansiedad puede conducir al consumo y éste a  profundizar posteriormente los síntomas ansiosos o depresivos. Lo importante no es buscar culpables, sino comprender que detrás de la conducta existe una necesidad emocional que requiere atención.

Cuando un colegio informa a una familia sobre una posible señal de alerta, el peor error suele ser minimizar el problema o reaccionar únicamente desde el castigo. Escuchar, contener y buscar apoyo profesional oportunamente sigue siendo mucho más efectivo que cualquier sermón.

La prevención tampoco comienza cuando aparece la primera crisis, empieza mucho antes.

Empieza cuando un niño siente que puede equivocarse sin miedo, cuando encuentra adultos disponibles para escucharlo, cuando desarrolla vínculos significativos, cuando duerme adecuadamente, realiza actividad física, limita el uso excesivo de pantallas y aprende a reconocer y expresar sus emociones.

Si tuviéramos que resumir los principales factores protectores de la salud mental en tres grandes hábitos, probablemente serían estos: construir relaciones afectivas seguras, mantener rutinas saludables y desarrollar habilidades socioemocionales que permitan enfrentar la frustración, la incertidumbre y el estrés.

Ninguna campaña preventiva será suficiente si los adolescentes continúan sintiendo que deben aparentar estar bien para ser aceptados.

Quizás el mayor aprendizaje para las comunidades educativas sea comprender que hablar de salud mental no significa hablar únicamente de enfermedad. Significa hablar de bienestar, de vínculos, de pertenencia y de la enorme responsabilidad compartida que tenemos los adultos de construir espacios donde nuestros niños y jóvenes no necesiten apagar su dolor en silencio.

Porque, al final del día, ningún adolescente necesita adultos perfectos. Necesita adultos presentes y esa diferencia puede cambiar una vida.

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