Docencia en la niebla: liderar con propósito cuando todo cambia sin aviso
Liderazgo pedagógico, resiliencia y autocuidado docente: sostener el propósito educativo y la gestión humana ante el cambio constante
I. Enseñar cuando todo cambia
A veces enseñar se parece más a caminar entre la niebla. No porque no sepamos hacia dónde queremos ir, sino porque no siempre podemos ver con claridad el camino, ni anticipar lo que vendrá. En estos tiempos de transformaciones constantes, donde las reglas cambian de pronto y las certezas se disuelven, ejercer la docencia es un acto profundamente humano. También profundamente incierto.
Vivimos en un momento donde todo cambia sin previo aviso. Las directrices institucionales pueden modificarse de una semana a otra. Lo que hoy es una prioridad, mañana puede ser descartado. Las plataformas tecnológicas que usamos se actualizan, los marcos normativos se reescriben, las expectativas de los estudiantes y familias se amplifican. Y mientras todo eso se mueve, nosotros —los docentes— debemos mantenernos firmes, claros, disponibles. Como si nada pasara. Como si tuviéramos certezas.
Pero no las tenemos.
He aprendido que enseñar, en este contexto, no es repetir lo que uno ya sabe, ni aplicar una receta que siempre funciona. Es leer el entorno constantemente. Es saber cuándo insistir y cuándo adaptarse. Es aceptar que habrá veces en que lo planeado se deshace, y uno tiene que reconstruir sobre la marcha. Enseñar hoy exige más que conocimiento: exige criterio.
Criterio para discernir lo urgente de lo importante.
Criterio para proteger el sentido formativo de una clase, incluso si el formato cambia.
Criterio para sostener el propósito cuando el sistema no ayuda.
Y ese criterio no se improvisa: se cultiva con experiencia, con reflexión, y con una voluntad constante de estar al servicio del aprendizaje, más allá de los vaivenes del entorno.
En ese sentido, cada clase se convierte en un pequeño acto de liderazgo. No importa si uno no tiene un cargo directivo. Cuando un docente entra a un aula —sea física o virtual— y decide seguir enseñando aun cuando todo cambia sin aviso, está ejerciendo un tipo de liderazgo profundamente valiente. Un liderazgo que no necesita títulos, pero que deja huella.
II. Cuando cambian el curso sin avisarte
Aún recuerdo aquella clase. Fue hace años, pero cada vez que hablo sobre la incertidumbre en educación, esa escena vuelve con fuerza. Era la primera sesión de un curso en una institución donde recién comenzaba a enseñar. Yo había llegado con entusiasmo, con la convicción de que esa experiencia podía ser un espacio de innovación real.
En esa clase inaugural, los estudiantes llegaron con ideas, prototipos, propuestas. Les había dado total libertad para traer sus propios proyectos, incluso antes de definir los temas del curso. Quería ver de qué eran capaces si el punto de partida no era el contenido programado, sino su propio impulso creativo. Sentí que el aula vibraba con energía.
Pero todo cambió… en menos de una semana.
En la siguiente sesión, se incorporó el equipo de gestión académica. Me dijeron —sin rodeos— que los estudiantes solo podían trabajar con las herramientas tecnológicas “autorizadas por la institución”. Que no estaba permitido permitirles desarrollar sus propios proyectos si estos incluían tecnologías externas, ajenas al “catálogo oficial”.
Recuerdo ese momento con una mezcla de desconcierto y desilusión. Lo que para mí era un acto de confianza hacia los estudiantes, para la institución era un desorden. Lo que yo creía que era una apuesta pedagógica legítima, fue interpretado como una falta de alineación.
Ese día, sin quererlo, me cambiaron todo el plan.
Tuve que reformular objetivos, restringir contenidos, reducir expectativas. El curso, que había nacido con la intención de abrir posibilidades, quedó acotado dentro de una cuadrícula institucional.
Y no se trataba solo de cambiar el sílabo. Se trataba de resignificar lo que significa dirigir una experiencia educativa cuando las reglas cambian de golpe y nadie te lo advierte.
III. El riesgo emocional de enseñar
Hay algo que pocas veces se habla cuando se forma a docentes: la incertidumbre emocional que genera no saber cómo va a reaccionar un grupo de estudiantes ante lo que uno propone. No me refiero a si les gustará o no el tema, sino a si —literalmente— será posible tener clase.
Con los años, he aprendido que hay estudiantes que llegan a clase con un guion en la cabeza. Saben lo que quieren, saben lo que “debería” pasar, y cuando la realidad del curso no coincide con su expectativa, la frustración aparece. A veces silenciosa, a veces violenta.
Recuerdo casos concretos: estudiantes que esperaban comenzar un curso de matemáticas directamente con multiplicación, sin haber pasado por el concepto de número, ni por la lógica previa que construye ese camino. Al explicarles que había un programa, un proceso, una base que debíamos construir, reaccionaban mal. No porque fueran “malos estudiantes”, sino porque no estaban preparados para tolerar la diferencia entre lo que esperaban y lo que realmente iba a ocurrir.
Algunos simplemente se desconectaban. Otros, en cambio, reaccionaban con faltas de respeto. No porque fueran irrespetuosos de base, sino porque no sabían gestionar la incomodidad. Y es en esos momentos donde el aula se vuelve incierta, frágil, imprevisible.
En algunos casos, con el tiempo, llegaban las disculpas. Algunos alumnos entendían el proceso, se daban cuenta, reconocían su error. Y cuando eso ocurría, había algo muy bonito en la relación: nos volvíamos cercanos, a veces incluso amigos. Había aprendido yo, y habían aprendido ellos.
Pero no siempre es así.
Otras veces, el conflicto queda suspendido en el aire. Uno sabe que el estudiante se dio cuenta de su error, pero aun así elige no corregirlo. Y es triste. Porque en la docencia uno también se conecta con las personas desde lo humano, y cuando ves que esa forma de actuar se sostiene incluso fuera del aula —en redes, en actitudes profesionales futuras—, duele.
Enseñar, entonces, se convierte en una especie de acto de fe en medio de lo incierto. Porque uno prepara la clase, estudia, planea, y sin embargo, nunca sabe si ese día habrá armonía o fricción, comprensión o resistencia.
No lo sabemos. Nunca lo sabemos. Y por eso, cada clase es una apuesta. Una decisión de volver a pararse frente al grupo, a pesar del riesgo emocional. Porque la docencia no es solo transmisión de contenido, es gestión de realidades humanas cambiantes. Y en eso, la incertidumbre no es una posibilidad: es el punto de partida.
IV. La incertidumbre institucional: proyectos que empiezan… y tal vez no sigan
Hay otro tipo de incertidumbre en la docencia que no ocurre en el aula, pero que pesa igual o más: la que viene desde la institución. Esa donde los proyectos se anuncian con entusiasmo, se planifican en tiempos imposibles, se promete acompañamiento… y luego se disuelven en el silencio.
Me ha pasado varias veces. Pero hay una en particular que aún recuerdo con claridad. Me llamaron para un proyecto nuevo. Me dijeron que era urgente, que necesitaban el contenido ya, que había que enviar entregables en plazos muy ajustados. Lo hice. Me comprometí. Y hasta me pagaron por adelantado.
Pero cuando llegó la fecha del inicio de clases, me dijeron que había sido postergado una semana. Luego, otra. Y otra. Pasaron meses en esa espera. Sin una respuesta clara. Sin un sí, pero tampoco un no.
Lo más difícil no fue el retraso. Lo más difícil fue sostener la energía emocional para algo que no sabías si ocurriría. Prepararte cada semana “por si acaso”. Tener listas tus cosas, reorganizar tu agenda, mover compromisos, explicar en casa por qué ese curso todavía no empezaba.
Esa incertidumbre no se ve, no se registra, pero drena al docente. Porque el silencio institucional es una forma de violencia. Suave, pasiva, pero persistente. Es como pedirle a alguien que corra sin saber hacia dónde ni si habrá meta.
Aun así, lo hice. Y lo volvería a hacer. Porque el compromiso con la enseñanza va más allá del calendario. Pero esa experiencia me marcó. Me enseñó que la mayor frustración no está en lo que no sale bien, sino en lo que nunca termina de comenzar.
Y me dejó una convicción que aún me acompaña: dirigir en la incertidumbre también es saber cuándo sostener… y cuándo soltar.
V. El riesgo emocional de enseñar cuando todo es incierto
Hay un riesgo del que se habla poco cuando se habla de docencia en contextos inciertos: el riesgo emocional del docente. No el académico. No el técnico. El emocional.
Con los años he aprendido que, en tiempos como los actuales —con estudiantes cambiantes, instituciones inestables y demandas constantes—, lo más sabio que puede hacer un docente es cuidar su propio yo. Protegerlo. Atenderlo. Sostenerlo con la misma responsabilidad con la que prepara una clase.
No basta con conocer el tema.
No basta con planificar bien.
No basta con cumplir el programa.
Si el docente no está bien consigo mismo —tranquilo, en paz, emocionalmente disponible—, eso se nota. Se percibe. Porque el aula no es un espacio neutro: es un espacio humano. Y los estudiantes, aunque no siempre lo sepan explicar, sienten cuando quien está al frente está desbordado, cansado o desconectado.
He visto muchas veces cómo una clase técnicamente correcta fracasa, y cómo una clase imperfecta en contenido se vuelve memorable. La diferencia no estaba en el material, sino en el estado emocional del docente. En su actitud. En su presencia.
El riesgo emocional aparece cuando damos más de lo que tenemos. Cuando seguimos sosteniendo clases, proyectos o procesos sin preguntarnos cómo estamos nosotros. Cuando normalizamos el desgaste. Cuando creemos que sentir cansancio, frustración o miedo es señal de debilidad.
Y no lo es.
Es señal de humanidad.
Dirigir en la incertidumbre implica aceptar que no siempre estaremos fuertes, pero sí responsables. Implica aprender a regularnos, a pedir pausa, a escucharnos. Porque en la medida en que nuestras emociones estén bien canalizadas, la experiencia de aprendizaje que ofrecemos también será mejor.
No es egoísmo.
Es responsabilidad pedagógica.
VI. Aprender a vivir en la incertidumbre: Techspira como escuela personal
Si hay una experiencia que me enseñó a convivir con la incertidumbre de manera profunda —no desde la teoría ni desde un marco conceptual, sino desde la vida misma— fue Techspira.
Techspira nació como una idea simple y, al mismo tiempo, profundamente ambiciosa: acercar la tecnología a las personas desde la inspiración y el propósito, y, en el fondo, contribuir a democratizar la educación. No como discurso, no como eslogan, sino como práctica concreta. Como algo que se hace, que se prueba, que se vive.
Lo que no sabía en ese momento era que Techspira no solo iba a convertirse en una comunidad educativa, sino que iba a ser también mi propia escuela emocional y de liderazgo.
Comencé este proyecto en uno de los momentos más inciertos de mi vida. Irónicamente, todo empezó después de una celebración de cumpleaños en Lima que terminó de la peor manera posible: una pérdida auditiva súbita en ambos oídos. De un día para otro, escuchar dejó de ser algo natural. Durante semanas, apenas podía oír. El silencio se volvió cotidiano, pesado, desconcertante.
Para alguien cuya vida profesional estaba profundamente ligada a hablar, enseñar, coordinar y liderar, esa situación fue un quiebre. No solo físico, sino identitario. ¿Cómo seguir enseñando cuando no puedes escuchar? ¿Cómo liderar procesos cuando tú mismo estás tratando de entender qué está pasando con tu cuerpo y con tu vida?
Y fue precisamente en ese silencio forzado donde nació Techspira.
No había talleres.
No había eventos.
No había charlas.
No había certezas de ningún tipo.
Solo podía escribir.
Así comenzaron los primeros artículos. No porque estuviera en el plan, sino porque era lo único que podía hacer. Escribía para no perderme. Escribía para ordenar ideas. Escribía para seguir conectado con la educación, aun cuando mi realidad personal era frágil. Escribía desde la incertidumbre, sin saber si alguien iba a leer, sin saber si eso iba a llevar a algún lugar.
Con el tiempo, cuando empecé a recuperar algo de audición, llegaron los videos. Luego, los primeros talleres. Más adelante, las invitaciones a ponencias. Y finalmente, los eventos. Todo ocurrió de manera progresiva, orgánica, sin un manual claro. Nada fue lineal. Nada estuvo completamente asegurado.
Recuerdo con especial emoción el cierre de año con nuestro evento Next Is You, un proceso que duró más de un mes, con una etapa virtual y un cierre presencial en la Universidad Nacional de Ingeniería, aquí en Perú. Conectar con jóvenes, con docentes, con comunidades, después de haber atravesado tanta incertidumbre personal y organizacional, fue profundamente significativo.
Pero incluso ese logro estuvo atravesado por dudas. Nunca supimos si el evento iba a funcionar. Nunca hubo garantías de convocatoria, de impacto, de continuidad. Todo se construyó avanzando. Decidiendo. Corrigiendo. Volviendo a intentar. Liderando sin certezas, pero con convicción.
Techspira me enseñó que dirigir en la incertidumbre no es improvisar, sino desarrollar una forma distinta de liderazgo: una que lee el contexto, que toma decisiones con información incompleta, que cuida a las personas, que construye confianza aun cuando el escenario es frágil.
Hoy he recuperado gran parte de la audición. Convivo con tinnitus desde aquel episodio. Pero hay algo que cambió para siempre: aprendí a escuchar distinto.
Ya no escucho solo con los oídos.
Escucho con el corazón.
Y esa forma de escuchar transformó mi manera de enseñar, de liderar y de acompañar procesos educativos. Me volvió más humano. Más paciente. Más consciente de que la incertidumbre no es un error del sistema ni una anomalía que deba corregirse, sino una condición permanente de la vida y, especialmente, de la educación.
Techspira no me enseñó a eliminar la incertidumbre.
Me enseñó a caminar con ella.
Y esa lección es, quizá, una de las más valiosas que hoy puedo llevar al aula, a los proyectos educativos y a los espacios donde formamos a otros para dirigir.
VII. Cierre: enseñar también es mostrar cómo se camina en la niebla
Con el tiempo entendí que la mayor lección que muchas veces doy como docente no está en el contenido, sino en cómo sostengo el proceso cuando nada es claro.
Los estudiantes aprenden matemáticas, tecnología o gestión.
Pero también aprenden —aunque no siempre lo noten— cómo reaccionamos ante lo incierto.
Cómo hablamos cuando no sabemos.
Cómo actuamos cuando algo no sale como esperábamos.
Cómo seguimos adelante cuando el apoyo es mínimo o el camino se vuelve confuso.
Por eso hoy no le tengo miedo a la incertidumbre. No la idealizo, pero tampoco la rechazo. La abrazo. Abrazo también los momentos en que las cosas salen bien y aquellos en los que no salen como esperábamos.
La incertidumbre siempre va a estar. En el aula. En la institución. En los proyectos. En la vida.
Pero no puede convertirse en una excusa para detenernos.
Latinoamérica necesita docentes que no solo enseñen contenidos, sino que modelen humanidad, criterio y coraje. Docentes que comprendan que todo proceso tiene un porqué, incluso cuando ese porqué no es evidente en el momento.
Yo aprendí a escuchar de otra manera.
Y desde ahí, a enseñar distinto.
Y mientras pueda seguir avanzando —con miedo, con dudas, pero con propósito—, seguiré caminando en la niebla. Porque educar, al final, también es eso: avanzar sin garantías, pero con sentido.

