La estafa de la promoción automática: cuando el título secundario pierde su valor
Más allá de las estadísticas: el desafío de la calidad educativa frente a la burocracia escolar
El sistema educativo fueguino atraviesa una tensión crítica: la disputa entre la calidad educativa real y la ‘bajada de línea’ de la Supervisión Escolar para imponer la promoción automática en la secundaria. No es un problema técnico, es una decisión política que sacrifica el aprendizaje a cambio de estadísticas limpias.
Si bien el discurso oficial habla de inclusión educativa y atención a la diversidad, la realidad en las aulas muestra una obsesión administrativa por reducir el -riesgo pedagógico- y evitar la repitencia a cualquier costo, incluso si eso significa aprobar sin aprender.
Para entender la magnitud de esta crisis, no hace falta mirar lejos. Un relevamiento estadístico realizado en este ciclo lectivo 2025 en una escuela secundaria de Río Grande arroja datos alarmantes sobre la -cultura de la acreditación- que se ha instalado.
Nos encontramos con situaciones donde estudiantes de cohortes tan antiguas como 2011, 2017 o 2019 y estudiantes de cohortes más actuales como 2022, 2023 y 2024, han acreditado materias fundamentales -como Matemática, Prácticas del Lenguaje, Historia, Geografía, Construcción de la Ciudadanía, Biología, Lenguas Extranjeras, Filosofía y Economía- mediante únicamente la firma de una -Disposición Interna- (N°14/25). Sin proceso, sin cursada y sin evaluación real; simplemente un trámite administrativo para limpiar las estadísticas de egresados sin titular.
Esta situación genera un profundo malestar entre las y los docentes. Como profesor de educación secundaria y Coordinador de Departamento de Ciencias Sociales, percibo cotidianamente la presión para que los instrumentos de evaluación no busquen evidencias reales de aprendizaje, sino que se simplifican hasta convertirse en meros trámites de acreditación.
Debemos preguntarnos qué es lo más valioso hoy para la Gestión Educativa: ¿La burocracia de aprobar planillas o la evidencia de que el estudiante aprendió? La función directiva debe recuperar su rol pedagógico y dejar de ser un mero trámite administrativo. El currículum no es un listado de aprobados; es la vida real en el aula.
La respuesta debería ser inequívoca: el conocimiento pedagógico. Siguiendo a Gvirtz, Zacarías y Abregú (2011), la función directiva no es administrativa, sino pedagógico-didáctica. Su rol es liderar el proceso curricular, orientando a las y los docentes no para que -aprueben a todos-, sino para mejorar las prácticas de enseñanza ante las dificultades. La escuela es responsable del aprendizaje, no solo de la titulación.
Aquí es donde radica la verdadera solución al problema. La promoción automática no es el camino. De esta manera, para transformar esta cultura institucional la retroalimentación es la información sistemática que reciben las y los estudiantes sobre su trayectoria educativa con el objetivo de mejorar los procesos de aprendizajes de forma continua y significativa. No se trata solo de corrección o señalar errores, sino de un proceso pedagógico integral que guía, orienta y motiva en torno al avance de las y los estudiantes hacia los objetivos de aprendizaje.
Tal como sostiene Philippe Perrenoud (2008) evaluar solo cobra sentido si sirve para regular la enseñanza y dar información vital para que el docente reoriente su diseño y las y los estudiantes reconozcan sus errores. No se trata de poner una calificación, sino de generar evidencias.
En el contexto actual, la evaluación se concibe como un proceso que se debe realizar de manera continua y sistemática cuyo objetivo es el aprendizaje de las y los estudiantes y no como un proceso aislado que solo genere una calificación.
Para el diseño de las evaluaciones es importante tener en cuenta el tipo de propuesta a implementar, donde la interactividad y participación de las y los estudiantes conlleven a procesos de evaluación formativa a través de la implementación de instrumentos valorativos que posibiliten la apropiación de los aprendizajes.
Para salir de la trampa del ‘como si’, necesitamos volver a la evaluación formativa. No se trata solo de poner una nota, sino de generar evidencias continuas donde el estudiante demuestre lo que sabe. Como señalan Anijovich y Cappelletti, la evaluación debe funcionar como un insumo para mejorar, no como un trámite para cerrar un promedio. Solo así garantizaremos herramientas reales para la vida universitaria y laboral.
Por lo tanto, una forma de dar solución a la problemática de la promoción automática en el sistema educativo fueguino es ocuparse por los formatos de evaluación y que el estudiantado pueda demostrar las evidencias de aprendizajes. Esto quiere decir, que el Equipo Técnico Pedagógico de la Supervisión Escolar pueda acompañar a los Equipos Directivos y a los Equipos Pedagógicos Institucionales con el objetivo de acompañar, asesorar y orientar a las y los docentes en el sentido de pensar formas de evaluación, tales como evaluar por situaciones problemáticas, estudios de casos, metáforas y evaluar por proyecto.
Considero que estas formas de evaluación pueden ser algunas alternativas y opciones para mejorar los procesos de enseñanza, de evaluación, y sobre todo, los procesos de aprendizajes con la finalidad de que el alumnado demuestre sus saberes, sus herramientas y mejorar la formación de sus evidencias de aprendizajes.
En conclusión, la batalla por la calidad educativa en el sistema educativo fueguino de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur no se gana firmando disposiciones administrativas para aprobar trayectorias educativas inconclusas. Se gana fomentando evidencias de aprendizaje significativos a través de una evaluación formativa seria. Solo así garantizaremos que nuestros estudiantes se lleven de la secundaria herramienta y formación valiosa para su vida universitaria y laboral, y no solo un papel vacío de contenido.

