La Ciudad de Buenos Aires implementa un nuevo protocolo de cuidado: estudiantes y docentes serán corresponsables del orden y la limpieza de las escuelas
El Ministerio de Educación porteño oficializó el "Marco general para la cultura del cuidado", una política que redefine la convivencia institucional y transfiere responsabilidades de mantenimiento cotidiano a la comunidad educativa. La medida desafía a los equipos directivos a gestionar la infraestructura desde un enfoque pedagógico, restaurativo y sustentable.
De la administración edilicia a la pedagogía de la corresponsabilidad
En el escenario contemporáneo de las políticas públicas orientadas al sistema educativo iberoamericano, las decisiones sobre la infraestructura escolar suelen enfocarse de manera casi exclusiva en los presupuestos de mantenimiento técnico o en la inversión estatal centralizada. Sin embargo, una reciente normativa impulsada por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (GCABA) propone un giro sustancial en el enfoque de gestión: convertir el cuidado de los espacios físicos escolares en una herramienta pedagógica y en un pilar ineludible de la convivencia institucional.
A través de una reciente Resolución firmada por la ministra de Educación, Mercedes Miguel, se aprobó el «Marco general para la cultura del cuidado en establecimientos educativos de la Ciudad de Buenos Aires». Este documento oficial reconfigura las responsabilidades cotidianas dentro de las instituciones educativas, estableciendo que alumnos, docentes y todo el personal escolar asumen la obligación de dejar aulas, patios, comedores y demás espacios comunes limpios y en perfectas condiciones al finalizar cada jornada.
Para comprender el impacto estratégico de esta medida en la gestión diaria, es indispensable situarla en su ecosistema normativo. La disposición se articula directamente con el Plan Estratégico «Buenos Aires Aprende» (Resolución 1.602/MEDGC/24), que postula como prioridad la mejora sistemática de los aprendizajes en un ambiente institucional que promueva el bienestar integral. Asimismo, se apoya en el nuevo Reglamento Escolar de la Educación Obligatoria (Resolución 2.796/MEDGC/24), cuyo TÍTULO III subraya que el clima institucional es un factor determinante para generar entornos seguros y propicios para el aprendizaje. Con esta base legal, el cuidado edilicio deja de ser concebido como un mero «servicio de limpieza» para integrarse al Proyecto Escuela y a las prácticas pedagógicas transversales de los colegios de gestión estatal y privada.
El impacto en el liderazgo directivo: rutinas, orden y nuevas figuras escolares
«Durante años se instaló la idea de que romper, ensuciar o no cumplir las reglas daba lo mismo. Siempre había un ‘otro’ que se hacía cargo», argumentó el Jefe de Gobierno, Jorge Macri, al anunciar la medida. Desde la política pública, se busca reinstalar «una cultura del orden y respeto por las reglas». No obstante, para los directivos y supervisores escolares, el verdadero desafío radica en instrumentar estas normativas sin que se perciban como medidas meramente punitivas o administrativas, sino como auténticas prácticas formativas.
La normativa no se limita a enunciar deberes abstractos, sino que propone estrategias institucionales concretas que los equipos de conducción deberán liderar y supervisar. Entre las principales figuras operativas destacan:
- Embajadores del cuidado: Un esquema donde cada curso asume, de forma rotativa y semanal, la responsabilidad de verificar las condiciones de un sector específico del edificio.
- Últimos minutos para el cuidado del espacio: Demanda a los docentes destinar los instantes previos al cambio de hora o al fin de la jornada para revisar y ordenar el lugar utilizado.
- Anfitriones de una nueva cultura: Orientado al acompañamiento entre pares, especialmente para los alumnos ingresantes, fomentando el sentido de pertenencia desde el primer día.
La ministra Mercedes Miguel aportó un diagnóstico crucial para la gestión de las trayectorias: el hábito del orden, fuertemente arraigado en las aulas del nivel inicial, tiende a diluirse durante el paso por la escuela primaria y, muy especialmente, en el nivel secundario. El rol del liderazgo directivo será, en consecuencia, reconstruir esa continuidad pedagógica, diseñando tableros con indicadores visibles (como el porcentaje de aulas ordenadas) y forjando nuevos «acuerdos de cuidado» directamente con los estudiantes.
Gestión de conflictos: el enfoque restaurativo frente al daño intencional
Uno de los componentes más complejos para la gestión cotidiana de las escuelas es el abordaje del vandalismo. El nuevo protocolo determina que aquellos daños intencionales que no configuren una emergencia edilicia urgente (como grafitis en el mobiliario, rotura deliberada de puertas o daños en los sanitarios) deberán ser abordados y resueltos por la propia comunidad educativa.
En términos de gobernanza escolar, esto exige que el equipo de conducción trabaje de manera coordinada con las familias y la cooperadora escolar para diseñar estrategias de remediación. La política sugiere el desarrollo de «jornadas de reparación» estudiantil y la creación de «murales» en espacios frecuentemente vandalizados.
Estas intervenciones encuentran respaldo en la investigación académica. Un estudio reciente elaborado por la Universidad de San Andrés junto al Ministerio de Educación porteño —que incluyó a 3.000 estudiantes de 42 escuelas secundarias— identificó una correlación directa entre el clima institucional y el cuidado de la infraestructura. La evidencia demostró que en los establecimientos donde impera el respeto mutuo, las conductas de protección aumentan. Asimismo, validó el fenómeno del «contagio social»: cuando los alumnos perciben que sus pares cuidan la escuela, el compromiso individual crece de forma exponencial.
La institucionalización de la sustentabilidad y el andamiaje interministerial
El cambio cultural promovido no se agota en el cuidado del mobiliario, sino que avanza hacia la educación ambiental integral. La resolución aprueba también el documento «Gestión integral de residuos en establecimientos educativos». Para los directores, esto implica la obligación de implementar un Plan Institucional estructurado en cuatro fases ineludibles:
- La designación formal de un Referente Ambiental.
- El despliegue de equipamiento estandarizado (cestos de 25/50 litros para separación y contenedores de 240 litros para acopio).
- La conformación de un Comité Ambiental integrado por directivos, docentes, familias y alumnos.
- La realización de auditorías internas periódicas.
Este plan abarcará la gestión de residuos reciclables, orgánicos (con fomento del compostaje escolar), aparatos eléctricos y «campañas de despapelización». La complejidad de esta articulación queda en evidencia al observar las áreas gubernamentales involucradas: las Subsecretarías de Gestión del Aprendizaje y Gestión Administrativa, la Gerencia Operativa de Educación para la Sustentabilidad y la Agencia de Habilidades para el Futuro.
En conclusión, el «Marco general para la cultura del cuidado» sitúa a los líderes educativos frente a un cambio de paradigma profundo. En tiempos donde la escuela es demandada por múltiples problemáticas sociales, esta normativa recuerda que el espacio físico también educa. El éxito de la medida dependerá de la capacidad de los directivos para comunicar asertivamente las normas a las familias y forjar, por encima del acatamiento normativo, una verdadera ciudadanía responsable del espacio público compartido.
Sugerencias para profundizar el tema
Desde Gestión Educativa, sugerimos a los equipos directivos y decisores de políticas públicas monitorear las siguientes líneas de análisis estratégico derivadas de esta nueva normativa:
- Tensión entre pedagogía y recursos: ¿Cómo se gestionará la asimetría entre escuelas frente a la directiva de que la propia comunidad «absorba» los costos de los daños intencionales? Será fundamental debatir el rol y la capacidad real de recaudación de las cooperadoras escolares en contextos de alta vulnerabilidad socioeconómica.
- El impacto en el liderazgo intermedio: Es prioritario evaluar cómo impactará esta política en el rol de preceptores, tutores y auxiliares docentes, quienes muchas veces ofician como primera línea de control. ¿Se les dotará de herramientas formativas o se traducirá en una mera sobrecarga burocrática de control?
- Enfoques comparados: Resulta de alto interés prospectivo contrastar esta iniciativa porteña con los modelos de limpieza comunitaria de las escuelas en Japón (O-soji) o las políticas de «Escuelas Cuidadoras» en distintas regiones de España y Colombia, para identificar buenas prácticas de implementación y evitar resistencias culturales en las familias.
- Métricas de internalización: Se recomienda a los equipos de conducción no limitarse a medir la «cantidad de aulas limpias», sino desarrollar indicadores de clima escolar que evalúen cómo estas nuevas responsabilidades afectan positivamente el bienestar socioemocional y el sentido de pertenencia de los estudiantes.






