Liderazgo y formación: una cuestión filosófica
Más allá de la administración: el desafío ético de formar criterio en la gestión escolar
Friedrich Nietzsche afirmó que la moralidad puede convertirse en la forma más eficaz de control cuando dejamos de pensar por nosotros mismos. Su crítica no estaba dirigida únicamente a la religión o a una doctrina específica, sino a un fenómeno más amplio. La facilidad con la que los seres humanos delegamos el juicio ético en estructuras externas. Cuando esto ocurre, la ética deja de ser una reflexión viva y se transforma en obediencia.
Este planteamiento resulta especialmente pertinente en el ámbito educativo. En escuelas y universidades se toman decisiones todos los días, sobre normas, evaluaciones, relaciones de poder, inclusión, sanciones, reconocimiento y comunicación. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos desde dónde decidimos. ¿Desde la reflexión consciente o desde la costumbre heredada? ¿Desde el criterio o desde la inercia institucional?
Aquí es donde el liderazgo pedagógico se vuelve prioridad. Liderar en educación no es únicamente administrar procesos, es asumir la responsabilidad ética de formar personas. Y no se puede formar a otros sin antes revisar el propio marco de pensamiento.
Para comprender esta idea, la metáfora de la cueva de Platón ofrece una clave pedagógica extraordinaria. En esta alegoría, los seres humanos viven encadenados desde su nacimiento, mirando sombras proyectadas en una pared. Estas sombras, copias imperfectas de la realidad constituyen todo lo que conocen. No porque sean verdaderas, sino porque nunca han visto algo distinto. La tragedia no es la ignorancia, sino la falta de conciencia de esa ignorancia.
En educación, las sombras adoptan muchas formas. Prácticas que se repiten sin cuestionar, modelos de autoridad que privilegian el control sobre el diálogo, evaluaciones que miden cumplimiento pero no comprensión, liderazgos que confunden orden con formación. Estas sombras no siempre son malintencionadas, muchas veces nacen de la tradición. El problema surge cuando dejamos de interrogarlas.
Cuando uno de los prisioneros logra salir de la cueva y descubre la luz del exterior, su comprensión cambia radicalmente. Comprende que aquello que tomaba por realidad era solo una representación parcial. Sin embargo, el retorno a la cueva no es sencillo. Quien cuestiona lo establecido suele ser percibido como incómodo, exagerado o problemático. En liderazgo educativo, esto es una constante. Pensar distinto incomoda.
Salir de la cueva, entonces, no significa negar la tradición ni rechazar todo lo aprendido, sino someterlo a revisión crítica. El liderazgo pedagógico exige esta valentía intelectual, preguntarse si lo que hacemos sigue educando, si responde a las necesidades actuales de los estudiantes y docentes, o si solo preserva estructuras que ya no cumplen su función.
Aquí entra con fuerza el pensamiento de Aristóteles. A diferencia de una ética basada únicamente en normas, Aristóteles propone una ética del fin. Para él, algo es “bueno” cuando cumple su propósito. Aplicado a la educación, esto implica una pregunta fundamental: ¿para qué educamos? Si el fin es la formación integral de personas capaces de pensar, decidir y convivir, entonces todas las decisiones institucionales deben evaluarse a la luz de ese propósito.
Desde esta perspectiva, una acción directiva no es ética solo porque sea legal, tradicional o eficiente, sino porque contribuye realmente al fin educativo. Un reglamento, una sanción o una política interna educan, dependiendo de cómo se alineen con ese propósito. El liderazgo pedagógico, por tanto, no puede ser neutral, siempre está formando identidad.
Y aquí aparece otro elemento clave. La identidad del líder. No se puede liderar pedagógicamente sin una identidad reflexiva. La identidad no se hereda ni se improvisa, se construye a partir de la capacidad de pensar críticamente, diferenciar, comprender y decidir con conciencia. El lenguaje, el juicio moral y el pensamiento crítico nacen de esta capacidad de distinción. Sin ella, solo repetimos.
El liderazgo pedagógico implica vivir en un estado permanente de salida de la cueva. No se trata de un acto heroico único, sino de un ejercicio cotidiano: observar prácticas, cuestionarlas, dialogar, ajustar y volver a decidir. Significa reconocer que cada decisión comunica valores, moldea culturas y deja huella en las personas.
En un contexto donde abundan modelos de liderazgo basados en el control, la rapidez y la apariencia de eficiencia, detenerse a pensar parece un lujo. En realidad, es una responsabilidad ética. Porque solo quien ha aprendido a distinguir entre sombras y realidad puede acompañar a otros en su proceso de formación.
Tal vez ese sea hoy el mayor desafío y el mayor valor del liderazgo educativo, no imponer certezas, sino formar criterio. No administrar sombras, sino ayudar a salir de la cueva. Porque educar, en su sentido más profundo, es enseñar a pensar antes de obedecer.





