Mario Izcovich: «Los educadores (muchas veces) no participan de decisiones importantes, deberían ser escuchados mucho más»
Entrevista a Mario Izcovich: La escuela que escucha, el malestar docente y el fin de las "fórmulas mágicas" en educación

Mario Izcovich es un destacado psicólogo y psicoanalista argentino radicado en Cataluña desde el año 1991. Egresado de la Universidad del Salvador en Buenos Aires, cuenta con una extensa trayectoria en la práctica clínica con adolescentes y adultos, así como en la formación y la consultoría organizacional. Es miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y del Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña, y colabora asiduamente con el Institut de la Infància de Barcelona. A lo largo de sus más de 35 años de experiencia profesional en España, se ha convertido en una voz crítica y necesaria frente a los desafíos que atraviesa la educación contemporánea.
En su reciente libro, La escuela que escucha, Izcovich nos invita a reflexionar sobre la crisis de las instituciones educativas tradicionales, advirtiendo sobre el evidente declive de las figuras de autoridad. Frente a un panorama donde los docentes padecen pasivamente los desajustes del sistema y desarrollan síntomas psíquicos y somáticos, el autor alerta sobre una exigencia desmedida: la de pretender que el educador no solo enseñe, sino que también se convierta en gestor de la salud mental de los estudiantes.
Aprovechando su visita a Buenos Aires para participar en espacios de debate en instituciones como FLACSO y el ICDEBA los días 7 y 8 de abril, dialogamos en Gestión Educativa sobre problemáticas globales que resuenan fuertemente en nuestro país. En esta entrevista, Izcovich desmitifica la dependencia de las «fórmulas mágicas» y los protocolos burocráticos, cuestiona la «psiquiatrización» de las aulas y ofrece valiosas herramientas para que los equipos directivos logren cuidar a quienes enseñan, recordando que la clave del aprendizaje sigue residiendo en el vínculo humano y en el reconocimiento de la singularidad de cada alumno.
Mario, en tu libro criticas la dependencia de «fórmulas mágicas» y recetas listas para aplicar, señalando que los protocolos a menudo resultan rígidos y generan más burocracia. Desde el rol directivo en una escuela, ¿cómo podemos encontrar un equilibrio entre la necesidad institucional de tener pautas de actuación frente a problemas graves (como el bullying) y la necesidad de no perder de vista la singularidad de cada caso?
La protocolización de la sociedad es influencia de la cultura americana que creó los protocolos para evitar que profesionales de la salud o de la educación sean llevados a juicio.
Son pensados para todos, es decir suponen una generalización. A veces son necesarios, pensemos en los casos de accidentes, sin embargo una cosa es tener pautas, otra establecer criterios rígidos definidos por gente ajena a la escuela que lo tiene que poner en práctica. En el fondo no deja de ser una práctica burocrática que quita responsabilidad a los profesionales.
El caso del bullying es paradigmático. Se ha convertido en un verdadero cajón de sastre, un significante que generaliza situaciones muy diversas.
Si en una escuela hay maestros atentos y guiados por el deseo de enseñar y ellos mismos de aprender, los protocolos son menos necesarios. A la idea del para todos se le ha de oponer la singularidad del caso por caso.
Hoy en día, las escuelas han sido invadidas por la psicología de las emociones y el mandato de la felicidad. Afirmas que la expresión «gestionar las emociones» proviene del mundo empresarial y que su uso en las aulas a menudo busca, en realidad, apaciguar los cuerpos, controlar y silenciar aquello que interrumpe la clase. ¿Por qué consideras que esta «psicologización de la educación» termina infantilizando tanto a los profesionales como a los padres?
Desde hace tiempo asistimos en nuestra sociedad al declive de las figuras de la autoridad. Los adultos (padres y educadores) buscan una brújula que los oriente.
Para aprender es necesario crear las condiciones y eso supone reconocer la función civilizatoria de la escuela tal como ya Sigmund Freud lo señalaba.
Los educadores se sienten impotentes para poner límites a los alumnos. En la época actual, se espera que se autorregulen.
Muchas veces se recurre a teorías que no aportan soluciones, pero se venden como la panacea. Eso incluye la psicología de las emociones, la ideología de lo neuro y el uso del DSM5.
Nombrar e identificar las emociones no resuelve los problemas de conducta. Hacer en la escuela mindfulness no ayuda a los adolescentes a regularse y a que las clases funcionen mejor.
Por otro lado es necesario definir de que se ocupa la escuela. Ciertamente es transmisora de contenidos y de valores y modos de vida. Sin embargo si se pone el acento en la psicología se pierde de vista la función principal. Yo hablo de la psiquiatrización de la escuela.
Mencionas que actualmente se espera que el educador no solo transmita contenidos, sino que también se ocupe de la salud mental de los alumnos, una función para la cual adviertes que no está preparado ni debería ser su responsabilidad principal. Como gestores de instituciones educativas, ¿qué estrategias debemos adoptar para «cuidar a quienes cuidan» y aliviar esta enorme frustración e impotencia que sienten los docentes?
Los educadores son los agentes de la experiencia de aprendizaje. Un niño para aprender necesita de un otro que le abra un camino, que lo reconozca. En ese vínculo está la clave y a la vez el arte de la educación.
Sin embargo, postulo que no se cuida a los educadores. Muchas veces, quizás demasiadas, no participan de decisiones importantes, deberían ser escuchados mucho más. Padecen de forma pasiva los desajustes del sistema y esto genera mucho malestar que acaba en enfermedades psíquicas y somáticas.
Muchos de los problemas que ocurren en la escuela se juegan en las dinámicas de los equipos. Y luego emergen como síntoma en los niños. Pensemos en las “escuelas conductuales”, de las que hablo en mi libro.
La pregunta para dirigir a los padres es: ¿has pensado que envías a tus hijos a una escuela en la que los educadores no siempre son cuidados?
En una reciente entrevista en La Vanguardia, afirmaste que «es más fácil etiquetar que ver la singularidad de cada niño» y alertaste sobre cómo el concepto de inclusión, paradójicamente, puede terminar segregando al etiquetar. ¿Cómo debería un equipo directivo orientar a sus docentes para trabajar con estudiantes que presentan dificultades reales sin caer en la medicalización o en la reducción de ese alumno a un diagnóstico clínico?
Es un tema muy complejo y no hay soluciones mágicas. Convengamos que el ideal de inclusión es algo bueno, pero que como todos los ideales tienen un punto de imposibilidad. De ahí que se genere malestar.
En una misma escuela conviven culturas de diferentes tiempos, podemos decir varias escuelas en una. La inclusión es algo de esta época pero cuando vemos la arquitectura de un centro, o el uso del tiempo, eso nos retrotrae a épocas pasadas. La modernidad no pasa por el uso de pantallas.
Una parte importante de ese malestar tiene que ver con la falta de recursos, es evidente, pero eso no lo es todo.
Es necesario armonizar la idea de inclusión que tiene un equipo, que lo orienta, y en definitiva qué clase de conversaciones tienen sobre este tema.
La escuela como cualquier institución segrega y allí tenemos otro imposible. Con el uso del DSM5 se etiquetan a los alumnos. Está tan implantado en la cultura actual que nos encontramos con educadores utilizando criterios diagnósticos.
Evidentemente hay zonas grises: por ejemplo ciertos casos de niños autistas que sus padres quieren que vayan a una escuela ordinaria, la ley los ampara pero sin embargo no están dadas las condiciones. A veces eso pone en evidencia las propias dificultades de los padres.
El uso excesivo de la medicalización busca apaciguar los cuerpos ante los problemas de autoridad de los educadores. Probablemente otra escuela es necesaria.
En Barcelona, por poner un ejemplo, se detectó que había centros de salud mental infantiles que variaban y mucho en la prescripción de fármacos. Y que esto no obedecía a criterios médicos sino a criterios de concepción de la salud mental.
Esto pone cuestión los criterios científicos y de evidencia tan en boga en nuestros días.
Frente a los conflictos, propones que sí es precisa la figura del psicólogo en la escuela, pero desde un rol diferente: «no dictando clases, no dedicándose a diagnosticar», sino ayudando a tratar el malestar de manera racional. ¿Cómo se construye este espacio de «escucha» y acompañamiento sin que el profesional «psi» le reste autoridad pedagógica al maestro en el aula?
En España (la historia es larga), se busca que los psicólogos no tengan un lugar diferenciado e inclusive en muchos casos dictan clases. Hay psicólogos en dispositivos externos que intervienen en la propia escuela. Eso es un error.
Yo entiendo que los psicólogos en la escuela ocupan un lugar clave. Pueden aportar otra mirada pero fundamentalmente otra escucha diferente.
La escuela vive bajo la tensión del para todos (discurso de la pedagogía), que incluye los ideales. Y la realidad de que el aprendizaje es de uno por uno.
En una escuela en la que todos aprenden un lugar diferenciado anima a la reflexión, no resta autoridad. Al contrario, creo que un psicólogo bien orientado puede ayudar a un educador a pensar como trabajar su lugar de autoridad.
Señalas que los niños de hoy van a la escuela «a trabajar», con su tiempo hipercontrolado por adultos y enfocados en el rendimiento y la evaluación estandarizada, perdiendo el espacio para la curiosidad y el juego no reglado. ¿Qué impacto tiene esta exigencia de éxito vinculada a la ideología neoliberal en los crecientes niveles de ansiedad e insomnio que vemos desde edades tempranas?
Los niños y los adolescentes están supervisados por adultos 24/7. Y quienes no lo están pasan su tiempo absorbidos por pantallas. Antiguamente la escuela o el encuentro con los amigos no eran terreno de los padres.
Freud lo explico claramente cuando escribió acerca del narcisismo. A los padres se les juega mucho con su propio narcisismo.
El juego simbólico, el placer de jugar por jugar, el encuentro con los pares, son cosas que están desapareciendo. El encuentro con amigos en la calle ya no existe. Los padres opinan cómo sus hijos practican deporte, cómo les va en la escuela, acerca de los deberes. Hay una exigencia permanente de que lo que se haga ha de ser útil para la vida futura. Esto genera una pandemia de ansiedad entre los adolescentes.
Tu ensayo defiende que las relaciones humanas y el cuidado mutuo son el verdadero motor del cambio. Si pudieras darle un solo consejo a un director que nos está leyendo en Gestión Educativa y que desea transformar su comunidad educativa desde adentro, ¿cuál sería el primer paso para transitar hacia esa «pedagogía del error» y esa verdadera «escuela que escucha»?
La escuela es parte de una gran maquinaria, esto supone una enorme burocracia. Mi recomendación sería poner el acento en la misión de la escuela , no perder de vista eso y menos en la burocracia.
Esto supone caminar la escuela, sentir como respira, escuchar a todos los actores, a los alumnos, a las familias y fundamentalmente a los educadores. No pasarse el día en el despacho con la puerta cerrada.
Que sea accesible. Y que entienda que la escuela es una comunidad. Una comunidad de aprendizaje, eso supone que su propio saber (el del director) puede ser cuestionado y revisado.
Mario, aprovechando tu visita a Buenos Aires, vemos que tendrás una agenda muy activa para seguir debatiendo los conceptos de tu libro. El 7 de abril estarás en la sede de FLACSO Argentina participando de la mesa de diálogo «Entre lo común y lo singular: los desafíos de educar hoy» junto a Perla Zelmanovich, Marcelo Krichesky e Ivana Velizan. Al día siguiente, el 8 de abril, serás el invitado especial en el primer encuentro híbrido del seminario anual del ICDEBA, cuyo sugerente título es «¿Lazo educativo en tiempos líquidos?». ¿Qué expectativas tienes de estos intercambios con los colegas argentinos y cómo crees que resuenan las problemáticas que planteas en La escuela que escucha dentro del contexto educativo particular de nuestro país?
Tengo un enorme respeto por lo que se hace en Argentina. Vengo con una actitud humilde de escuchar, intercambiar y aprender. En este país hay gente verdaderamente valiosa en el mundo de la educación.
El libro fue escrito en España y responde a mi experiencia de 35 años allí. En todos estos años he estado muy atento a lo que pasa aquí y constato que a pesar de las diferencias hay cuestiones globales que nos interpelan, hay problemáticas muy similares.





