Ciudadanía Digital Crítica. Una Radiografía desde las personas mismas
Desafíos de la alfabetización algorítmica: la brecha entre el conocimiento teórico y la práctica crítica en entornos digitales
La transformación digital ha reconfigurado de manera estructural las dinámicas de producción, circulación y consumo de información, así como los mecanismos de interacción social y participación ciudadana. En este contexto, la competencia digital ha dejado de concebirse como un conjunto de habilidades instrumentales para operar dispositivos o software, y se ha consolidado como un constructo multidimensional que integra conocimientos, actitudes y prácticas críticas, éticas y seguras en entornos mediados por la tecnología.
En este orden de ideas, la ciudadanía digital, es definida por Vuorikari, Kluzer, y Punie (2022) como “la capacidad de ejercer derechos y responsabilidades en espacios digitales, lo que exige no solo dominio técnico, sino también pensamiento crítico, autorregulación y conciencia de los riesgos sistémicos”.
Lo que refleja una evolución desde la alfabetización digital funcional hacia una ciudadanía digital crítica que interpela las estructuras de poder, los modelos de negocio de las plataformas, así como la arquitectura algorítmica que configura la experiencia en línea. Esta perspectiva, reconoce que la interacción con la tecnología no es neutra, sino que por el contrario está mediada por diseños persuasivos, economías de la atención y ecosistemas informativos caracterizados por la hiperproducción y la circulación acelerada de contenidos.
En consecuencia, la formación para una ciudadanía digital crítica debe abordar simultáneamente tres desafíos interdependientes: (a) la gestión de la infoxicación, (a) la detección de la desinformación y (c) la adopción de prácticas proactivas de ciberseguridad.
La gestión de la infoxicación
De acuerdo con William (2021) se ha consolidado como un problema de salud cognitiva y democrática. La sobrecarga informativa, se ha intensificado con la arquitectura de feeds infinitos, la personalización algorítmica opaca y la monetización de la atención. Así estudios recientes en ciberpsicología y neuroergonomía demuestran que estos entornos favorecen el consumo reactivo, fragmentan la atención sostenida y erosionan la capacidad de procesamiento profundo, incrementando la fatiga cognitiva y reduciendo la autorregulación conductual. En ausencia de rutinas metacognitivas y filtros estratégicos, los usuarios internalizan patrones de navegación pasiva que comprometen su capacidad para discriminar, contextualizar y retener información de calidad.
La detección de la desinformación
Se ha convertido en un eje crítico de la resiliencia democrática. La proliferación de narrativas manipuladas, microsegmentación emocional y, más recientemente, contenidos sintéticos generados por inteligencia artificial, ha complejizado el ecosistema informativo. La literatura evidencia una brecha persistente entre la conciencia social sobre las fake news y la aplicación sistemática de protocolos de verificación. Factores como el sesgo de confirmación, la confianza en la familiaridad del emisor, la falta de alfabetización algorítmica y la ausencia de herramientas accesibles de fact-checking explican por qué la mayoría de los usuarios comparten o legitiman información sin contrastarla.
Así los datos de esta radiografía confirman una paradoja inquietante, mientras el discurso social sobre las fake news crece, la rutina de verificación es marginal. El estudio revela que las personas rara vez aplica protocolos de contraste de información, lo que los deja vulnerables a la manipulación a pesar de conocer el riesgo.
La Unesco (2023) advierte que la irrupción de modelos generativos multimodales ha exacerbado este reto, exigiendo competencias técnicas específicas para identificar inconsistencias contextuales, artefactos de síntesis y límites epistémicos de la IA. Esta necesidad de competencias técnicas es urgente, dado que más de la mitad de los encuestados reconoce que rara vez logra identificar contenidos sintéticos generados por IA, lo que pone de manifiesto una carencia de alfabetización algorítmica para detectar inconsistencias tanto en lo que se ve como en lo que se escucha.
Prácticas proactivas de ciberseguridad
En el ámbito de la ciberseguridad y prevención, el factor humano sigue siendo el eslabón más vulnerable y, simultáneamente, el más subestimado en las estrategias organizacionales e individuales. Al respecto, Enisa (2019) señala que, si bien la gestión de identidades digitales y el uso de autenticación multifactor se han normalizado gracias a políticas institucionales y disponibilidad de herramientas, la práctica proactiva de higiene digital permanece fragmentada.
Al respecto, Castillo (2026) y Blanco (2022) advierten que la ingeniería social es el arte de manipular a las personas para que entreguen información confidencial. Esta práctica evoluciona constantemente y se disfraza de distintas formas según el canal que utilice:
–Phishing. Engaño mediante correos electrónicos fraudulentos que suplantan a una entidad para que hagas clic en un enlace y reveles tus claves
–Vishing. Estafa a través de llamadas telefónicas donde el delincuente finge ser un técnico o empleado bancario para obtener tus datos verbalmente
–Smishing. Fraude cometido por mensajes de texto (SMS) o WhatsApp que incluye enlaces falsos para robar información personal o bancaria
–QRishing. Estafa que utiliza códigos QR maliciosos para robar información personal, financiera o instalar malware en dispositivos móviles.
–Spear phishing. Ciberataque personalizado y dirigido que busca robar información confidencial o instalar malware en personas u organizaciones específicas.
En la actualidad, los ciberdelincuentes instrumentalizan sesgos cognitivos, así como contextos emocionales y socioculturales, para vulnerar la seguridad del usuario. En consecuencia, resulta imperativo trascender el conocimiento teórico y fomentar el desarrollo de una respuesta automatizada de defensa. Este enfoque propone la integración de la precaución y la ética digital como hábitos cotidianos, transformando la conducta del individuo en un mecanismo de protección orgánica capaz de mitigar riesgos mediante reacciones asertivas y seguras en entornos digitales.
Así investigaciones recientes advierten que la sobrecarga de alertas, la complejidad de configuraciones y la percepción de baja probabilidad de victimización generan un desalineamiento entre conocimiento y conducta, favoreciendo respuestas reactivas frente a incidentes.
A pesar de la abundante literatura sobre cada una de estas dimensiones por separado, existe una carencia de estudios empíricos que evalúen de manera integrada la ciudadanía digital crítica, midiendo simultáneamente competencias cognitivas, conductuales y técnicas en poblaciones adultas o en formación. La mayoría de los instrumentos disponibles priorizan indicadores declarativos o se centran en entornos escolares, dejando vacíos en la comprensión de cómo se articulan la infoxicación, la desinformación y la ciberseguridad en la práctica digital cotidiana. Esta brecha limita el diseño de intervenciones formativas basadas en evidencia y dificulta la formulación de políticas digitales ajustadas a perfiles de vulnerabilidad reales.
Metodología
De allí que durante la realización de un taller en línea, al cual pueden acceder en el siguiente enlace: https://youtu.be/wiOdLK854rQ, se aplicó un cuestionario de autoevaluación a través de google forms: https://forms.gle/dxR8UQAkR84ia1mn9, con el objetivo de caracterizar el nivel de ciudadanía digital crítica a través de tres dimensiones estructurales: gestión de la infoxicación, detección de la desinformación y ciberseguridad preventiva, aportando evidencia empírica para el autoconocimiento, la reflexión – acción, así como para el diseño de actividades educativos dirigidas a contribuir a la alfabetización digital. Dicho cuestionario fue respondido por 147 personas de diferentes países y ciudades que se conectaron al taller.
Variable ciudadanía digital crítica
Entendida como el conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes que permiten al individuo interactuar con la tecnología de forma ética, segura y analítica.
Tabla 1
Resultados
| Dimensiones | Indicadores | Porcentaje | ||
| Casi siempre | A veces | Rara vez | ||
| Gestión de la Infoxicación | Capacidad de procesamiento cognitivo. | 13,6% | 53,1 % | 33,3 % |
| Atención sostenida y lectura profunda | 12,2% | 21,1% | 66,7% | |
| Autorregulación de hábitos digitales. | 13,6% | 38,8% | 47,6% | |
| Detección de la Desinformación | Alfabetización conceptual (Intencionalidad). | 13,6% | 21,8% | 64,6% |
| Protocolos de verificación y contraste. | 9,5% | 10,2% | 80,3% | |
| Identificación de contenidos sintéticos (IA). | 12,2% | 33,3 % | 54,4% | |
| Ciberseguridad y prevención | Gestión de identidad digital (MFA/Contraseñas). | 23,8% | 53,1% | 23,1% |
| Detección de ingeniería social (Phishing). | 23,8% | 34,7% | 41,5% | |
| Mantenimiento proactivo de sistemas. | 2,7% | 51,7% | 45,6% | |
Fuente: Encuesta en línea
La tabla 1 sintetiza las frecuencias porcentuales reportadas por los participantes bajo una escala de frecuencia (casi siempre, a veces, rara vez), lo que facilita una lectura comparativa entre competencias cognitivas, conductuales y técnicas.
Gestión de la infoxicación. Fragmentación atencional y baja autorregulación
La dimensión relativa a la gestión de la infoxicación revela un predominio de respuestas en los rangos a veces y rara vez. La capacidad de procesamiento cognitivo se sitúa en un 53,1 % (a veces) y 33,3 % (rara vez), mientras que la atención sostenida y lectura profunda registra el porcentaje más alto de ejecución esporádica (66,7 % rara vez). La autorregulación de hábitos digitales muestra un patrón similar, con 47,6 % rara vez y 38,8 % a veces.
Estos resultados coinciden con la literatura contemporánea sobre economía de la atención y diseño persuasivo de plataformas, donde la arquitectura algorítmica prioriza la inmediatez y la fragmentación del contenido sobre la profundización analítica. La baja frecuencia de lectura profunda y autorregulación sugiere que los usuarios internalizan un consumo digital reactivo, caracterizado por el desplazamiento continuo compulsivo (doomscrolling) y la sobrecarga de estímulos, lo que compromete la metacognición y el procesamiento crítico de la información. Desde una perspectiva de ciberpsicología, este patrón es consistente con fenómenos de fatiga cognitiva y reducción del umbral de tolerancia a la ambigüedad informativa, factores que incrementan la vulnerabilidad frente a contenidos manipulados.
Detección de la desinformación. Brecha entre escepticismo y verificación sistemática
La dimensión de detección de la desinformación presenta los indicadores más críticos del estudio. La alfabetización conceptual sobre intencionalidad comunicativa alcanza un 64,6 % en rara vez, lo que evidencia dificultades para identificar sesgos, fines propagandísticos o marcos narrativos ocultos. Más preocupante aún es el comportamiento frente a los protocolos de verificación y contraste: solo un 9,5 % reporta aplicarlos casi siempre, frente a un abrumador 80,3 % que lo hace rara vez. Por su parte, la identificación de contenidos sintéticos generados por IA se distribuye en 54,4 % rara vez y 33,3 % a veces.
Estos porcentajes reflejan una paradoja documentada en estudios recientes de alfabetización mediática, aunque existe un discurso social creciente sobre las fake news, su traducción en rutinas de verificación activa es marginal. La dependencia de la exposición pasiva, la confianza en la familiaridad del emisor y la falta de dominio de herramientas de fact-checking o análisis de metadatos explican esta brecha. Asimismo, la dificultad para reconocer contenidos sintéticos alerta sobre un vacío de alfabetización algorítmica. Con la democratización de modelos de lenguaje y generación multimodal, la ciudadanía requiere competencias técnicas y críticas específicas tales como análisis de coherencia contextual, detección de artefactos visuales/auditivos, comprensión de límites de la IA, que aún no han sido incorporadas de forma sistemática en programas de formación digital.
Ciberseguridad y prevención. Conocimiento básico versus práctica proactiva
En contraste con las dimensiones anteriores, la ciberseguridad muestra un desempeño relativo más favorable, aunque con matices operativos relevantes. La gestión de identidad digital uso de autenticación multifactor y contraseñas robustas registra el mayor porcentaje de ejecución frecuente (23,8 % casi siempre y 53,1 % a veces), probablemente como efecto de la normalización institucional de estas prácticas y la disponibilidad de gestores de credenciales. La detección de ingeniería social (phishing) presenta una distribución mixta (23,8 % casi siempre, 34,7 % a veces, 41,5 % rara vez), lo que sugiere reconocimiento teórico de tácticas de manipulación, pero inconsistencia en su aplicación ante variantes evolutivas (spear phishing, vishing, QRishing).
El indicador más crítico de esta dimensión es el mantenimiento proactivo de sistemas, con solo un 2,7 % casi siempre y 45,6 % rara vez. Este patrón es típico de la fatiga de ciberseguridad: los usuarios priorizan la funcionalidad y la conveniencia sobre la higiene digital, delegando la responsabilidad en soluciones automáticas o respondiendo solo tras incidentes. Desde la óptica de la seguridad centrada en el humano, estos datos confirman que la concienciación aislada no modifica comportamientos a largo plazo si no se acompaña de fricción diseñada éticamente, recordatorios contextuales y entornos que faciliten por defecto las prácticas seguras.
El análisis transversal de las tres dimensiones permite identificar un patrón estructural, conocimiento declarativo presente, pero aplicación crítica y sistemática limitada. La ciudadanía digital evaluada muestra mayor solvencia en aspectos técnicos básicos (gestión de contraseñas) que en competencias cognitivas y metodológicas (verificación de fuentes, lectura profunda, mantenimiento proactivo). Esta asimetría es coherente con modelos pedagógicos que han priorizado la alfabetización instrumental sobre la alfabetización crítica y la autorregulación conductual.
Desde una perspectiva de diseño de plataformas y gobernanza digital, los resultados sugieren que la arquitectura actual de las redes sociales y entornos digitales no favorece, e incluso penaliza, las prácticas de ciudadanía crítica. La inmediatez, la personalización algorítmica opaca y la gamificación de la interacción erosionan la atención sostenida y desincentivan la verificación previa al compartir.
En este contexto, la formación en ciudadanía crítica digital debe evolucionar de enfoques normativos a modelos situados que integren:
-Rutinas de verificación embebidas en el flujo natural de consumo informativo.
-Alfabetización en IA generativa como competencia transversal, con énfasis en límites, sesgos y técnicas de detección.
-Higiene digital proactiva mediante automatización accesible (actualizaciones programadas, escaneo periódico, segmentación de entornos personales/profesionales).
-Diseño ético y regulación que obligue a las plataformas a implementar fricciones deliberadas antes de la difusión masiva de contenidos no verificados. A través de la implementación de obstáculos preventivos tales como avisos de verificación, preguntas de confirmación o límites de reenvío, que obliguen al usuario a pausar y reflexionar antes de compartir contenido, evitando así la viralidad de datos no contrastados.
Conclusiones
Es imperativo reconocer que los resultados de esta investigación son producto de autorreportes, por lo que pueden presentar sesgos de deseabilidad social y sobrestimación de las competencias digitales por parte de los sujetos. Por lo que, para robustecer la evidencia científica en futuras líneas de investigación, se propone:
-Implementar mediciones conductuales objetivas a través de la incorporación de herramientas de precisión como el seguimiento ocular (eye-tracking), el análisis de interacciones en entornos reales y simulaciones controladas de phishing.
-Adoptar diseños longitudinales que permitan evaluar el impacto a largo plazo de las intervenciones formativas en la cristalización de hábitos críticos y conductas seguras.
-Estratificar variables sociodemográficas, analizando los resultados según el nivel de exposición digital y perfiles demográficos, con el fin de identificar brechas de vulnerabilidad específicas que favorezcan el diseño de políticas diferenciadas.
Para fines didácticos, se procedió a generar mediante la herramienta Notebook LM, una infografía que consolidara los aspectos medulares de la información contenida en el presente artículo, la cual se identifica como figura 1, a continuación.
Figura 1. Infografía
Fuente: Notebook LM con base al contenido del artículo
Referencias
Castillo, C. (2026). Phishing, vishing, smishing ¿qué son y cómo protegerse de estas amenazas?. BBVA. https://shre.ink/7tee
ENISA (2019). Directrices sobre la cultura de la ciberseguridad: aspectos conductuales de la ciberseguridad. Agencia de la Unión Europea. https://shre.ink/7tM3
Gómez, A. (2022). QRishing, el phishing oculto en códigos QR. BBVA. https://shre.ink/7teb
UNESCO. (2023). Currículo de alfabetización mediática e informacional. Versión Electrónica. https://shre.ink/7tMF
Vuorikari, R., Kluzer, S. y Punie, Y., (2022). DigComp 2.2: El marco de competencias digitales para los ciudadanos: con nuevos ejemplos de conocimientos, habilidades y actitudes. Oficina de Publicaciones de la Unión Europea, Luxemburgo. https://shre.ink/7tbQ
Williams, J. (2021). Clics contra la humanidad. Libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica. Gatopardo ediciones. https://shre.ink/7tbg

