Acadeu
Liderazgo educativo

De la escuela del siglo XIX al liderazgo del siglo XXI

Un llamado a la autoexploración directiva

Imagínate una época en la que un porcentaje altísimo de la población no sabe leer ni escribir. Una época donde tu avance y crecimiento dentro de la sociedad está determinado en gran medida por el lugar en el que naciste, el grupo social al que perteneces y, en menor medida, por el azar siempre presente en la vida humana y tus capacidades individuales.

Así son las sociedades norteamericanas, europeas e hispanoamericanas previas a la creación del sistema educativo formal. Sociedades atómicas, fragmentadas, donde cada persona aprende de acuerdo al lugar en el que creció y llega tan lejos como su grupo se lo permite.

El costo de una sociedad tan descentralizada en lo pedagógico se veía en lo económico y también en lo político. Cuando lo que une a los miembros de una sociedad es frágil y carece de códigos comunes, el tejido social resulta vulnerable ante la dominación exterior o la fragmentación interna. Ello chocaba contra el ideal de naciones modernas que había nacido como una aspiración de la Ilustración y que había cobrado forma en la propuesta de una educación universal, defendida por pensadores como Jean Jacques Rosseau e Immanuel Kant, pero también impulsada por la naciente industrialización, burocracias nacionales incipientes, así como por la militarización propia de la administración estatal prusiana y la influencia del protestantismo.

De ese modo, se puede afirmar que la escuela es una de las tecnologías políticas más exitosas de la historia humana. No fue un simple accesorio que se le añadió a la nación después de construirla. En cambio, fue el andamiaje mismo que le permitió a la nación existir.

Es importante destacarlo, con implicaciones que hoy pesan mucho más que en aquel momento: el sistema educativo se diseñó en gran medida como un medio de control y unificación estatal, sustentado por un proyecto de nación y fundación de identidad nacional, pero tuvo consecuencias inesperadas que beneficiaron en gran medida a los distintos actores de este espacio, tanto a los individuos como a quienes diseñaron la herramienta de control.

El giro no planificado

Reducir el nacimiento de la escuela pública y del sistema educativo estatal a solo un mecanismo de adiestramiento y control es desconocer su potencia inicial como la mayor victoria civilizatoria de la modernidad.

Si observas, en las sociedades preindustriales el conocimiento se hallaba esparcido, fragmentado. Semejante a lo que ocurrió antes de la creación de la Enciclopedia, el ser humano promedio tenía un acceso muy limitado a los saberes de otros seres humanos. La Enciclopedia ayudó a clasificar el universo de los saberes acumulados hasta el momento en la Europa del siglo XVIII.

La escuela, por su parte, contribuyó a que dicho saber fuera sintetizado en bloques de tiempo y separado por áreas, del mismo modo en que la Enciclopedia dividió el conocimiento por tomos. En ambos casos se trató de una recopilación de información para la distribución y la impartición de este de una manera organizada a gran escala, es decir, al pueblo llano como un todo, no solo a unos pocos privilegiados.

La facultad individual de saber leer y escribir impactó de manera crucial en el avance colectivo de los pueblos. La escuela, en ese sentido, contribuyó al cuestionamiento de los relatos absolutos que estaban en manos de la iglesia, y de ahí en adelante, de cualquiera que ostentara un poder amplio sobre una población numerosa.

La escuela, asimismo, permitió que el poder se democratizara y se masificaran las nociones básicas de higiene y supervivencia. La capacidad de la población para descifrar su realidad a través de la lectura y la escritura hizo esto posible. La escuela fue el único órgano capaz de tejer una nueva solidaridad social, transformando al súbdito en ciudadano y al extraño en compatriota.

Aunque lo parezca, que la escuela haya mejorado la vida del ser humano no es una idealización romántica, tiene sustento en trabajos de economistas como Robert Barro y Lant Prichett cuando demuestran una correlación crítica ineludible entre la alfabetización como un catalizador indispensable que precedió tanto a la estabilidad democrática como al aumento exponencial de la esperanza de vida.

La inercia peligrosa de ignorar el contexto

Todo lo anteriormente expuesto fue posible porque el contexto lo permitió así. Las necesidades básicas de los individuos se vieron en general saciadas, nutridas y la sociedad empezó a crecer de una manera exponencial, organizada y sostenida gracias a la creación de la escuela. Pero estas necesidades iniciales fueron cambiando de acuerdo a la ampliación del conocimiento de la población general, como resultado de una estructura que sembró los pilares de un sistema que funcionaba por aceleración.

Semejante a lo que ocurre con muchos adolescentes, cuyo cuerpo crece más rápido de lo que la mente puede registrar, contener y procesar, el tipo de sociedad que produjo la fundación y consolidación del sistema educativo fue cambiando a un paso vertiginoso, y el sistema no solo se quedó rezagado sino que en algún punto dejó de pensarse.

Hoy, el contexto ha cambiado enteramente, pero la escuela sigue impartiendo información como si no existiera el internet. Y ese es el menor de sus problemas en la actualidad.

La brecha entre la teoría y la práctica crea graduados que cada vez menos entienden cuál es la relevancia de la escuela en esta época. Además, dicha brecha muchas veces reproduce o no logra corregir las desigualdades estructurales ya existentes en América Latina. Asociado a esto, lo que se planifica en términos de temarios (planes oficiales, ministeriales) se diseña de espaldas a las necesidades que tienen los que enseñan y los que aprenden, ignorando, de nuevo, el contexto particular de cada institución educativa.

Una vuelta a las raíces: lo mejor de dos mundos

El mundo preescolar tenía sus beneficios, pese a la exclusión, el dogmatismo y la violencia estructural propia de aquellos años: existían redes intelectuales, gremios, transmisión oral sofisticada y tradiciones comunitarias complejas. La no centralización del conocimiento tenía como un importante beneficio el respeto por el contexto de cada sujeto. Esto era así porque la educación estaba más integrada a comunidades concretas y relaciones duraderas.

La educación del siglo XXI precisa volver a raíces semejantes: las del vínculo, incorporando lo que la neurociencia y la psicología cada vez más respaldan. Hacer esto requiere pasar por un proceso de desaprendizaje, de desarmado de estructuras que fueron funcionales y necesarias en un contexto, pero que en el presente erosionan las relaciones humanas. En ese sentido, las estructuras de poder vertical rígidas y desconectadas de su entorno resultan una carga tanto para los que lideran como para quienes siguen las órdenes de arriba. Eso hay que rediseñarlo desde la conciencia del contexto actual y sus necesidades.

Es preciso, en ese sentido, validar la mirada del docente como el experto que es en establecer vínculos significativos con otros seres humanos y en modelar las bases de una mejor sociedad. Volver al respeto que se le tenía antaño sin por ello dejar de mostrar lo que puede hacer mejor, que es mucho. Pocas políticas educativas resultan válidas si no son operativamente viables para el docente. En suma, la lógica de la estructura educativa ha de pasar del predominio del control al del acompañamiento.

Finalmente, la tecnología debería eliminar fricciones innecesarias para liberar tiempo humano. Cuando se comprende la estructura educativa basada en el acompañamiento y no en el control, es mucho más sencillo concebir innovaciones tecnológicas educativas que sean realmente una solución efectiva para todos los actores del sistema, y no una repetición de las mismas dinámicas corrosivas en formato digitalizado, automatizado y con la intensificación de la ansiedad en quienes las usan.

La oportunidad del siglo XXI: una alianza por la agencia humana

Si la tecnología del siglo XIX se construyó sobre la desconfianza y la estandarización para unificar un mundo fragmentado, el desafío de la gestión actual es exactamente el inverso: utilizar la tecnología para eliminar la fricción administrativa y devolverle al docente el tiempo necesario para humanizar el aula. La crisis actual de nuestras instituciones educativas no es un problema de rendimiento métrico; es un síntoma de desconexión vital. Como directivos, es fácil caer en la inercia de gestionar la escuela de espaldas a la realidad, atrapados en la lógica vertical del poder heredado.

Los directivos de hoy tienen ante sí la oportunidad histórica de fusionar lo mejor de dos mundos: la escala humana del vínculo comunitario y la potencia liberadora de la ciencia contemporánea y la tecnología. El desaprendizaje institucional comienza en la cima de la estructura. Es hora de que las direcciones generales dejen de gestionar expedientes y comiencen a liderar ecosistemas vivos basados en la confianza, el contexto y la neurociencia. Esa es la verdadera vuelta a las raíces que el siglo XXI nos demanda.

Pero este desaprendizaje no ocurre en el vacío: exige una auditoría honesta de las prioridades diarias que se tienen como líderes. Iniciar esta autoexploración requiere hacerse preguntas incómodas frente al espejo de la gestión educativa:

  • ¿Estamos utilizando las nuevas plataformas tecnológicas para liberar de tiempo muerto a nuestros equipos, o las hemos convertido en una correa de transmisión digital para fiscalizar cada minuto de su labor?
  • Cuando un docente propone una innovación que rompe el formato estandarizado en pro del contexto de sus alumnos, ¿nuestra primera reacción es proteger el manual de la institución o proteger la agencia del maestro?

Modificar estas dinámicas no depende de un cambio en las leyes de educación nacionales. En cambio, depende de la valentía política dentro de cada dirección general. Pasar del control al acompañamiento es una decisión operativa diaria.

En ese sentido, el Movimiento Desaprender busca directivos valientes que se atrevan a salirse del guion para proteger la salud de sus equipos. Así, participar en esta conversación no es una invitación solo a opinar, es ante todo una invitación a co-construir espacios donde el respeto y la validación de los distintos seres humanos que hacen parte del ecosistema educativo sean la norma.

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Rut Moreno

Licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela) y Magíster en Lingüística Aplicada a la Enseñanza del Español como Lengua Extranjera en la Universidad Internacional Iberoamericana de Puerto Rico. Con una sólida experiencia como docente en el Programa Diploma y en el Programa de Años Intermedios del Bachillerato Internacional, ha impartido materias como Lengua y Literatura, Teoría del Conocimiento y Language Acquisition. Su enfoque pedagógico se centra en fomentar el pensamiento crítico, la reflexión y el desarrollo de habilidades lingüísticas en contextos interculturales. Como investigadora y creadora de conexiones interdisciplinarias, combina curiosidad y atención al detalle para desarrollar estrategias innovadoras y efectivas. Además, destaca como divulgadora por su habilidad para sintetizar y simplificar conceptos complejos, fomentando una educación inclusiva, dinámica y de excelencia.

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