Gestión y Liderazgo

De las buenas prácticas al aprendizaje colectivo: el liderazgo educativo como motor de transformación

El liderazgo directivo como motor del aprendizaje colectivo y la circulación del conocimiento pedagógico entre pares

En las instituciones educativas suceden múltiples experiencias que expresan el conocimiento, la creatividad y el compromiso profesional de quienes enseñan. Los docentes diseñan propuestas, buscan nuevas maneras de abordar los contenidos, modifican estrategias a partir de las respuestas de sus estudiantes y construyen soluciones frente a situaciones que muchas veces no pueden anticiparse. Una parte significativa del conocimiento profesional se produce en el hacer cotidiano.

Sin embargo, que exista conocimiento en una institución no garantiza necesariamente que la institución se nutra del mismo. Una experiencia que resulta significativa para un docente puede permanecer vinculada a su aula, a su grupo de estudiantes o a su propio recorrido profesional sin ponerse en diálogo con otros. De este modo, experiencias que podrían contribuir al aprendizaje de todo un equipo quedan, en ocasiones, reducidas al ámbito de quienes las desarrollaron.

Frente a dicha situación, cabe preguntarnos acerca de cómo aprenden las instituciones educativas y, particularmente, acerca de las oportunidades que tienen los docentes para aprender de sus propios colegas. Si entendemos que aprender con otros constituye una dimensión relevante de los procesos educativos, resulta pertinente preguntarse de qué manera este enfoque puede formar parte del desarrollo profesional de quienes enseñan.

Compartir buenas prácticas se convierte en una de las posibilidades para favorecer el aprendizaje colectivo. Cuando un docente tiene la oportunidad de presentar una experiencia, explicar las decisiones que tomó y conversar acerca de aquello que sucedió durante su implementación, se abre la posibilidad de que otros puedan conocerla, formular preguntas, aportar perspectivas y relacionarla con sus propias experiencias. El intercambio puede, de este modo, generar nuevos aprendizajes tanto para quien comparte como para quienes participan de la conversación.

Asimismo, para que el intercambio entre colegas pueda sostenerse, es necesario que la institución genere las condiciones para que suceda. Que el intercambio tenga un lugar dentro de la vida cotidiana de la escuela. En este punto, el liderazgo educativo adquiere especial relevancia. El director, como líder de la institución y del equipo, debe generar las condiciones para visibilizar y enriquecer el conocimiento profesional que existe dentro de la escuela.

Las buenas prácticas como conocimiento profesional

Hablar de buenas prácticas supone reconocer que gran parte del conocimiento pedagógico se construye en el encuentro entre los docentes, los estudiantes y las situaciones concretas de enseñanza. Las decisiones que se toman en el aula no son únicamente la aplicación de conocimientos previamente adquiridos. También implican observar, interpretar, probar, revisar y volver a decidir.

En este sentido, una buena práctica se entiende como una experiencia situada que generó aprendizajes relevantes para quien la desarrolló y que ofrece elementos valiosos para ser compartidos con otros profesionales. Su valor no reside necesariamente en que sea reproducida de manera idéntica, sino en las preguntas y posibilidades que se abren cuando es puesta en diálogo con otras experiencias.

La posibilidad de compartir las prácticas también permite reconocer el valor de los saberes que los docentes construyen a partir de su experiencia cotidiana. Esta mirada resulta muy relevante en instituciones educativas en las que se busca fortalecer la autonomía profesional y construir culturas de colaboración y aprendizaje. Cuando las experiencias de los docentes son escuchadas y consideradas como una fuente válida de conocimiento, se amplían las posibilidades de aprendizaje dentro de la propia institución.

Además, el intercambio también permite volver sobre la propia práctica. Explicar por qué se tomó una determinada decisión, qué dificultades aparecieron y qué aprendizajes surgieron durante una experiencia puede llevar al propio docente a observar su trabajo desde una perspectiva diferente. La conversación con otros permite hacer explícitos conocimientos que permanecían implícitos en la práctica cotidiana.

En esta línea, Anijovich y Cappelletti (2019) abordan el valor de las narraciones para promover la reflexión sobre la práctica docente. Poner en palabras una experiencia permite reconstruir lo sucedido, revisar las decisiones tomadas y reconocer aprendizajes que pueden pasar inadvertidos en el hacer cotidiano. Cuando estas reflexiones se comparten con otros docentes, también abren nuevas preguntas y perspectivas.

Por otra parte, quienes escuchan una experiencia pueden encontrar elementos que les permitan pensar sobre sus propias prácticas. Una propuesta desarrollada por otro docente genera nuevas preguntas, ofrece una alternativa frente a una dificultad e inspira una adaptación para otro contexto. El conocimiento comienza a circular y a adquirir nuevos sentidos.

Aprender con otros: una dimensión del desarrollo profesional docente

Como señala Michael Fullan, “el aprendizaje de los estudiantes depende de que cada docente aprenda permanentemente” (Fullan, 2007). Pensar a los docentes como aprendices implica ampliar la mirada sobre la escuela como espacio de aprendizaje. Gran parte de las decisiones pedagógicas se organizan alrededor de la pregunta acerca de cómo generar mejores condiciones para que los estudiantes logren aprender. Sin embargo, una institución educativa está integrada también por adultos que aprenden, construyen conocimiento y desarrollan su profesión en interacción con otros.

Pensar a los docentes como aprendices supone reconocer las múltiples oportunidades de aprendizaje que existen en la vida cotidiana de una escuela. Las conversaciones entre colegas, la observación de otras prácticas y el análisis de experiencias permiten compartir perspectivas, revisar decisiones y encontrar nuevas maneras de abordar los desafíos de la enseñanza. Los cursos y las capacitaciones también forman parte de este recorrido, que se enriquece cuando los docentes pueden aprender de quienes trabajan junto a ellos.

De este modo, el aprendizaje entre pares adquiere un valor particular. Los docentes comparten preocupaciones, desafíos y contextos que muchas veces les permiten comprender de manera profunda las situaciones que otros colegas atraviesan. El intercambio profesional puede convertirse así en una instancia de reflexión situada, vinculada con problemas reales de la enseñanza. Construir una cultura en la que cada integrante del equipo pueda aportar saberes, experiencias y perspectivas diferentes, y esa diversidad se convierta en una de las mayores riquezas de una comunidad profesional.

Compartir una práctica abre conversaciones que amplían las posibilidades de acción. La experiencia de un docente puede convertirse en el punto de partida para que otro formule una pregunta, revise una decisión o encuentre una alternativa para su propio contexto.

El liderazgo educativo como condición para el aprendizaje colectivo

La construcción de una cultura de aprendizaje entre docentes requiere una decisión institucional. Los espacios de intercambio pueden surgir de manera espontánea, pero para que se conviertan en parte de una cultura profesional necesitan ser reconocidos, sostenidos y acompañados por quienes lideran la institución.

El director ocupa un lugar central en este proceso. Su tarea no se limita a organizar el funcionamiento de la escuela o acompañar el desarrollo de los proyectos institucionales. También, implica construir las condiciones para que las personas que integran la institución puedan desarrollar su trabajo, aprender y crecer profesionalmente.

Generar espacios para compartir buenas prácticas constituye una decisión de liderazgo. Implica otorgar tiempo, legitimidad y valor al conocimiento que los docentes producen en su trabajo cotidiano. Además, supone construir un clima de confianza en el que compartir una experiencia sea entendido como una oportunidad de aprendizaje y no como una instancia de evaluación o comparación.

Esta dimensión del liderazgo requiere una mirada atenta sobre aquello que ocurre dentro de la institución. El director debe saber reconocer experiencias significativas, identificar conocimientos que pueden resultar valiosos para otros y generar oportunidades para compartir. Se trata de hacer visible aquello que muchas veces permanece distribuido entre diferentes aulas y equipos.

El liderazgo también tiene un papel importante en la calidad de las conversaciones que se generan a partir de esas experiencias. Compartir una práctica puede ser el inicio de una conversación superficial o puede convertirse en una oportunidad para profundizar sobre las decisiones pedagógicas, los fundamentos de una propuesta, las dificultades encontradas y las posibilidades de mejora. Por eso, el modo en que se diseña y se acompaña ese espacio resulta fundamental.

Cuando el intercambio forma parte de la cultura institucional, el aprendizaje profesional deja de depender exclusivamente de iniciativas individuales. La escuela comienza a construir mecanismos propios para aprender de las experiencias de sus integrantes.

De las experiencias individuales a las comunidades de aprendizaje

El intercambio sostenido entre docentes favorece la construcción de comunidades de aprendizaje profesional. En ellas, el conocimiento no se entiende como algo que pertenece exclusivamente a individuos determinados, sino como aquello que se construye y transforma a través de la interacción.

Como sostiene Peter Senge, “las organizaciones aprenden únicamente a través de individuos que aprenden. El aprendizaje individual no garantiza el aprendizaje organizacional, pero sin él no puede existir aprendizaje organizacional” (Senge, 1992). La idea del autor permite pensar que el aprendizaje de cada integrante de una institución puede convertirse en una oportunidad para el aprendizaje de la organización en su conjunto.

En línea con esa perspectiva, una comunidad de aprendizaje requiere tiempo, confianza y disposición para escuchar otras perspectivas. También, requiere aceptar que las prácticas suelen ser revisadas y que aprender implica, en ocasiones, reconocer que aquello que hacemos puede ser mejorado.

Frente a los desafíos que atraviesan las instituciones educativas hoy en día, construir conocimiento junto a otros se vuelve especialmente significativo. Los desafíos que enfrentan las escuelas requieren respuestas que difícilmente se construyan de manera aislada. La colaboración permite ampliar las posibilidades de análisis y enriquecer las decisiones.

Cuando los docentes comparten sus experiencias, no solamente transmiten aquello que saben. También construyen una identidad profesional colectiva. La institución comienza a reconocerse como un espacio en el que sus integrantes tienen algo para aportar y algo para aprender. De esta manera, la cultura de aprendizaje deja de estar asociada exclusivamente a los estudiantes y se convierte en una característica de la institución en su conjunto.

Del aprendizaje dentro de la escuela al aprendizaje entre escuelas

En esa misma línea, la circulación del conocimiento profesional puede extenderse más allá de los límites de una institución. Las escuelas desarrollan experiencias diferentes, enfrentan desafíos particulares y construyen respuestas vinculadas con sus propios contextos. Generar espacios de encuentro entre instituciones permite ampliar las posibilidades de aprendizaje. El intercambio entre escuelas ofrece la oportunidad de conocer otras perspectivas y comprender que un mismo desafío se aborda de maneras diferentes. Incluso, permite reconocer que las instituciones no tienen por qué construir todas sus respuestas de manera aislada.

En este sentido, las redes profesionales y los espacios de encuentro interinstitucional deben constituirse en ámbitos de desarrollo profesional. Cuando las escuelas comparten sus experiencias desde una posición de aprendizaje mutuo, se amplía la comunidad con la que los docentes piensan sus prácticas.

El liderazgo vuelve a ocupar un lugar relevante. Los equipos directivos tienen la posibilidad de promover vínculos con otras instituciones y favorecer una cultura profesional abierta al intercambio. Esta apertura implica reconocer que aprender de otras escuelas no supone perder identidad institucional, sino ampliar las posibilidades de reflexión sobre la propia práctica.

La colaboración entre instituciones puede, de este modo, contribuir a construir comunidades educativas más amplias, en las que el conocimiento circule y sea reinterpretado de acuerdo con las características de cada contexto.

Algunas consideraciones para el liderazgo educativo

Pensar el liderazgo desde esta perspectiva supone ampliar la mirada sobre aquello que hace posible una institución que aprende. El liderazgo pedagógico también implica crear condiciones para que los docentes logren encontrarse, compartir y reflexionar sobre aquello que hacen. La continuidad no implica simplemente sumar reuniones o actividades. Requiere construir una cultura en la que compartir experiencias sea parte del modo en que la comunidad profesional aprende y se desarrolla.

A su vez, es importante que los espacios de intercambio tengan continuidad y sentido dentro de la vida institucional. Para que un docente comparta una experiencia de manera genuina necesita sentir que su práctica será recibida desde una perspectiva de aprendizaje. La confianza, el respeto por las diferentes trayectorias y la posibilidad de expresar dudas o dificultades forman parte de esta construcción.

El liderazgo tiene la responsabilidad de favorecer conversaciones que permitan ir más allá de la presentación de experiencias. Una práctica puede resultar interesante, pero su verdadero potencial aparece cuando permite preguntarse por qué funcionó, en qué condiciones, qué aprendizajes produjo y de qué manera podría ser adaptada o enriquecida.

De esta manera, el liderazgo puede contribuir a que el intercambio se convierta en una práctica institucional y no dependa exclusivamente de la iniciativa de algunas personas.

El liderazgo educativo también se expresa en la capacidad de reconocer el conocimiento que existe dentro de una institución y generar las condiciones para que pueda compartirse, discutirse y enriquecerse. Cuando esto sucede, las buenas prácticas dejan de ser experiencias aisladas y comienzan a formar parte de una cultura en la que todos aportamos y, al mismo tiempo, seguimos aprendiendo.

Además, el intercambio también permite volver sobre la propia práctica. Explicar por qué se tomó una determinada decisión, qué dificultades aparecieron y qué aprendizajes surgieron durante una experiencia puede llevar al propio docente a observar su trabajo desde una perspectiva diferente. La conversación con otros permite hacer explícitos conocimientos que permanecían implícitos en la práctica cotidiana.

Referencias bibliográficas

Anijovich, R., & Cappelletti, G. (2019). Documentos narrativos y práctica reflexiva en la formación de profesores. Revista Panamericana de Pedagogía, (28). https://doi.org/10.21555/rpp.v0i28.1619

Fullan, M. (2007). Change the terms for teacher learning. Journal of Staff Development, 28 (3), 35–36, 71.

Senge, P. M. (1992). La quinta disciplina: El arte y la práctica de la organización abierta al aprendizaje. Granica.

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María Elena Houston

Magíster en Educación por la Universidad de San Andrés, investigadora y especialista en liderazgo y transformación educativa, con formación en Coaching Ontológico por la Universidad Torcuato Di Tella. Es Directora de Inglés en Instituto Bet El, fundadora de Houston Education Consulting e integrante del equipo de investigación y facilitadora del curso "Coaching Educativo" en Fundación GLIA.

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