Romina Cariati: «El proyecto de vida es un proyecto de ser, no solo de hacer»
Diseñando el futuro desde la escuela a través del pensamiento reflexivo y el autoconocimiento

En tiempos donde la gestión escolar nos exige dejar de ser «bomberos» que apagan crisis diarias para convertirnos en verdaderos constructores de un liderazgo más humano, acompañar a nuestros estudiantes en la conformación de su identidad se vuelve un desafío impostergable. Desde Gestión Educativa, tenemos el placer de presentar esta entrevista con Romina Cariati, una referente en la transformación de las dinámicas escolares. Su trayectoria autoral muestra una evolución muy coherente: de brindarnos herramientas para mentes críticas en Rutinas de pensamiento a proponernos la experiencia transformadora de El aula vivencial. Ahora, con la reciente edición de su libro Proyectos de Vida en la Escuela, Cariati nos invita a repensar cómo diseñamos el futuro hoy. Para ella, la construcción del proyecto de vida no es un suceso aislado que ocurre al finalizar la escuela secundaria, sino un proceso profundo de identidad que requiere, necesariamente, un pensamiento reflexivo desde un enfoque vivencial.
A lo largo de esta enriquecedora charla, la autora nos propone visualizar al educador como un equilibrista que camina sobre una cuerda donde conviven múltiples tensiones. Para sostener el balance diario, nos entrega una «barra de equilibrio» cimentada en cuatro pilares fundamentales: el autoconocimiento, las disposiciones de pensamiento, la gestión emocional y la metacognición. Esta mirada resulta vital porque, como bien señala a lo largo de la entrevista, el proyecto de vida es un proyecto de ser, y no solo de hacer.
El diálogo también profundiza en el uso de herramientas prácticas y rutinas de pensamiento, como la «Explosión de opciones» o el «Registro emocional diario», las cuales preparan a los jóvenes para transitar la incertidumbre y les permiten transformar el pensamiento crítico en una competencia de vida para tomar decisiones fundadas. Sin embargo, el mensaje más potente está dirigido a los equipos de conducción: el llamado a liderar desde una Cultura de Pensamiento donde el proyecto de vida sea el verdadero ADN de la escuela, y no simplemente un taller aislado. Cariati nos interpela a asumir el rol de «guardianes de la pausa», fomentando espacios reales de reflexión para que los docentes también puedan pensar sobre su propio desarrollo profesional.
Los invitamos a sumergirse en esta entrevista exclusiva y a descubrir en las páginas de su nueva obra un andamiaje clave para transformar nuestras instituciones. Es una lectura indispensable para quienes buscan que los estudiantes dejen de ser meros espectadores y se conviertan en protagonistas con un sentido de agencia auténtico.
Tu trayectoria autoral muestra una evolución muy coherente: de las herramientas para mentes críticas en Rutinas de pensamiento a la experiencia transformadora de El aula vivencial. Ahora, con Proyectos de Vida en la Escuela, ¿cómo dialogan estos enfoques previos? ¿Son el pensamiento reflexivo y el aprendizaje vivencial los cimientos innegociables para «diseñar el futuro hoy»?
Absolutamente. La construcción del propio proyecto de vida no es un suceso aislado que ocurre al finalizar la escuela secundaria, sino un proceso de construcción de identidad que requiere, necesariamente, un pensamiento reflexivo desde un enfoque vivencial. En este sentido, no se puede diseñar un futuro auténtico si no se logra cultivar primero la capacidad de pensar con profundidad y de habitar el aprendizaje desde la experiencia.
Para que un estudiante pueda proyectarse, necesita indefectiblemente ser consciente de lo que piensa, reflexionar sobre ello y profundizar en sus comprensiones; solo así podrá generar un proceso gradual de autoconocimiento y autogestión. Sin estas bases, las decisiones futuras corren el riesgo de ser elecciones impuestas o superficiales, convirtiendo a los estudiantes en meros espectadores de su propia vida en lugar de protagonistas con un sentido de agencia auténtico.
En la introducción nos invitás a visualizar a un equilibrista caminando sobre una cuerda donde conviven múltiples tensiones. Para el docente que busca ese balance diario, ¿cómo funciona exactamente esta «barra de equilibrio» que propones?
La figura del equilibrista ilustra la complejidad de educar en un mundo en constante cambio, donde navegamos permanentemente entre tensiones: lo global y lo local, la tradición y la innovación, o el aprendizaje superficial frente al profundo. En este escenario, la barra de equilibrio funciona como el andamiaje pedagógico —compuesto por estrategias, herramientas y reflexiones— que nos permite sostener la estabilidad sobre la cuerda.
En el libro, propongo que esta barra se construya sobre cuatro pilares fundamentales: el autoconocimiento, las disposiciones de pensamiento, la gestión emocional y la metacognición. Estos elementos actúan como un punto de apoyo esencial; cuando la incertidumbre o la presión del diseño curricular tiran hacia un lado, permiten al docente recuperar el centro y asegurar que el foco permanezca en el desarrollo integral del ser. Al apoyarse en esta barra, el estudiante logra avanzar con seguridad, logrando integrar las tensiones del camino en lugar de ser derribado por ellas.
El primer capítulo propone ir «Más allá de la elección de carrera». ¿Por qué resulta fundamental explorar el autoconocimiento en toda la escolaridad, integrando las habilidades sugeridas por la OMS?
Porque el proyecto de vida es un proyecto de ser, no solo de hacer. Históricamente, la orientación vocacional se limitaba a un test al finalizar la secundaria; sin embargo, hoy entendemos que para decidir qué queremos hacer, primero debemos saber quiénes somos. El autoconocimiento debe ser transversal porque las habilidades para la vida —como la empatía, el pensamiento crítico y el manejo de tensiones— no se improvisan, sino que se desarrollan sistemáticamente para aumentar la competencia psicosocial y el cuidado colectivo.
Al integrar estas habilidades desde edades tempranas, ayudamos a que el alumno identifique sus disposiciones de pensamiento, sus fortalezas y sus valores. No buscamos que un niño de primaria defina qué carrera seguirá, sino que empiece a ‘pensar-se’, construyendo así un mapa interno que le permita una transición más coherente, saludable y con propósito hacia la vida adulta.
En el segundo capítulo presentás las Rutinas de Pensamiento como parte de esa barra de equilibrio. ¿Cómo se transforman estrategias como la «Explosión de opciones» en herramientas para decisiones vitales?
Las rutinas de pensamiento son patrones sencillos que hacen visible lo que sucede en nuestra mente para poder explorar nuevas ideas y desarrollar comprensiones profundas. En este libro, las descontextualizo del ámbito puramente curricular para aplicarlas de forma directa al diseño de vida. Por ejemplo, al usar ‘Explosión de opciones’, ayudamos a los estudiantes a romper con visiones binarias o limitadas, expandiendo el abanico de posibilidades ante un desafío personal.
Complementariamente, ‘Diamante de opciones’ les permite luego refinar esa búsqueda, analizando la viabilidad y el sentido de sus deseos. Al aplicar estas herramientas al proyecto de vida, logramos pasar del ‘qué sé’ al ‘qué hago con lo que sé’; transformamos el pensamiento crítico en una competencia de vida que permite filtrar la sobreinformación y tomar decisiones fundadas en evidencias, y no solo en impulsos.
Al hablar del pilar «Aprender a ser», sugerís distintas «puertas de entrada» al conocimiento. ¿Cómo ayudan propuestas como «El soundtrack de mi vida» o «Un día en la vida de…» a que el futuro deje de ser una idea abstracta?
El futuro suele percibirse como un concepto lejano e intangible; por eso, estas propuestas buscan ‘aterrizarlo’ a través de diversos modos de acceder al conocimiento. Al proponer ‘El soundtrack de mi vida’, permitimos que el alumno narre su identidad y sus aspiraciones conectando profundamente con su mundo emocional. Por otro lado, ‘Un día en la vida de…’ los invita a sumergirse en un desempeño de comprensión donde habitan, de forma tangible y situada, un rol posible.
Estas puertas de entrada garantizan que el aprendizaje sea significativo y personal. Permiten que cada estudiante, desde su propia singularidad, encuentre una vía para conectar con su plan de vida, transformando conceptos en vivencias que dejan huella. En definitiva, se trata de ofrecer oportunidades para ‘ensayar’ el futuro hoy mismo, fortaleciendo el pilar fundamental de aprender a ser.
¿De qué manera actividades como el «Registro emocional diario» o el «Cambio de guion» preparan a los jóvenes para la incertidumbre?
Proyectar un futuro con propósito requiere, ante todo, de recursos emocionales sólidos. Sabemos que la incertidumbre genera ansiedad, y que esa ansiedad suele bloquear la capacidad de decidir. En este contexto, el ‘Registro emocional diario’ funciona como una herramienta de autoconciencia que enseña al alumno a reconocer sus estados de ánimo y, fundamentalmente, a comprender cómo estos influyen en su visión del porvenir.
Por su parte, el ‘Cambio de guion’ entrena la flexibilidad cognitiva y la resiliencia, recordándonos que ante lo inesperado o el error siempre es posible reinterpretar nuestra historia para buscar nuevas soluciones. En conjunto, estas prácticas reducen la impulsividad y fortalecen la autonomía, permitiendo que los estudiantes decidan desde la calma y la coherencia interna, en lugar de hacerlo desde el miedo al fracaso.
Para un docente de cualquier disciplina, ¿cómo implementar «Tickets de salida» o la «Escalera de la metacognición» para unir sus saberes con este propósito de vida?
La clave está en no percibir la metacognición como algo separado del contenido académico. Un docente de cualquier materia puede implementar un ‘Ticket de salida’ no solo para evaluar conceptos, sino para indagar: ¿Qué habilidad pusiste en juego hoy que te servirá fuera de la escuela?
Por otro lado, la ‘Escalera de la metacognición’ invita a reflexionar sobre el propio proceso de aprendizaje, ayudando al estudiante a identificar sus estrategias de éxito y a ganar autonomía. De esta manera, el docente no ‘agrega’ contenido, sino que le otorga un sentido vital a lo que ya enseña, convirtiendo su materia en un espejo donde el alumno ve reflejadas sus capacidades y su potencial de adaptabilidad. Es, en definitiva, unir el saber con el sentido.
Finalmente, ¿qué consejo clave les darías a los equipos directivos para que esto se convierta en una verdadera política institucional?
Mi consejo es liderar desde una Cultura de Pensamiento donde el proyecto de vida sea el ADN de la escuela y no un taller aislado. Esto implica que los directivos asuman el rol de —como suelo llamarlos— ‘guardianes de la pausa’, fomentando espacios de reflexión real para que sus equipos docentes puedan pensar también sobre su propio proyecto profesional.
Para que esto se transforme en una verdadera política institucional, es necesario documentar los procesos y visibilizar el aprendizaje en todos los niveles. Cuando la institución se asume como una comunidad de aprendizaje donde se valida el error y se fomenta la autonomía, el andamiaje del libro deja de ser una teoría para convertirse en la cultura diaria. Solo así acompañamos a cada docente ‘equilibrista’ en la misión de ayudar a sus alumnos a diseñar un futuro con propósito y autenticidad en un mundo que nos desafía constantemente.

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